Un puñetazo en el rostro

Foto: Alejandro Poot Molina

Duro y feo. Como a veces es la vida. Bibi se ganaba la vida haciendo los trabajos que nadie quería hacer. Ya estaba viejo, y en los surcos de su rostro se podía imaginar el drama de su existencia —saber que tu familia no tiene nada para comer, que por más que hagas no podrán optar por una vida mejor, que las personas que quieres están expuestas a constantes peligros… Precisamente ahí, en esas recurrentes tristezas, consuetudinarios fantasmas, se fijó Rodin. “Tenía delante un hombre sentado tranquilamente y una cara tranquila. Era la cara de un hombre vivo y cuando la exploró estaba llena de agitación y de desorden”, relató un tal Rainer Maria Rilke, que durante varios años escribió a la sombra del escultor.
Rodin le pidió al anciano que posara para él. El artista era entonces un joven que soñaba llevar el arte a límites inimaginables. Bibi aceptó, e impávido, sin sospecharlo siquiera, se dejó inmortalizar. El escultor trabajó primero en yeso. Moldeó con fiereza las facciones de ese hombre común y corriente. Como tú. Como yo. No como ella, que no es de este mundo.
Sus manos no tuvieron compasión, no cedieron ni un ápice, como la vida misma. En sus dedos hormigueó la creación: acarició con suavidad, golpeó con odio el material inerte del que al final surgió ese rostro feo hasta la belleza. Hecho a imagen y semejanza, el escultor se atrevió igual a moldear la arcilla al séptimo día. Bibi, azaroso Adán, terminó de posar y se levantó. No dijo palabra alguna: estaba atrasado en su trabajo.
Era 1864, un año que se recordó por la crudeza de su invierno. Fue tanto el frío que resquebrajó la escultura; el roto rostro de Bibi se rompió. Cacofónica ironía, la metáfora se tornó real, cuando violentas grietas se entrecruzaron con los dulces surcos del paso del tiempo. El busto de yeso renació entonces en una máscara de hierro, inacabada, inconclusa. Ésta causó comentarios negativos cuando fue expuesta por primera vez: provocaba arcadas, repulsión: a nadie le gustaba ver cómo lucía la realidad. Dura y fea.
“Esa máscara determinó todo mi trabajo futuro; es la primera pieza de modelado que hice. Desde entonces he tratado de ver mi obra desde todos los puntos de vista y dibujarla bien en cada uno de sus aspectos. Esa máscara ha estado en mi mente en todo lo que he hecho”. Así lo confesó Rodin en los últimos párrafos de su vida, cuando ya él, también, se había convertido en inmortal.
La máscara del hombre de la nariz rota, semilla de otras obras de arte, trascendió a Bibi y a Rodin, quien cometió un tempranísimo deicidio al representar en un rostro severo a la humanidad. En 1880 se realizó un segundo modelo de bronce, el cual se exhibe en el Museo Soumaya de la Ciudad de México. Esta obra nómada sigue estrujando estómagos y desafiando miradas. Sigue recordando a quien la ve que la vida es fea y bella, dura y suave, severa y amable. Revoltijo de metales y pasiones en el que tú y yo —no ella, que no es de aquí— nos reflejamos y comprendemos mejor.
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La realidad se empeña en golpearnos. Una y otra vez. En el estómago, en el rostro. Nos quita el aliento y rompe las costillas; nos achata. Una y otra vez, con saña. A veces utiliza los puños de un tirano naranja; otras, las armas de los sicarios, el miedo de los rumores, las devaluaciones de la globalización. Cada titular que encontrarás a continuación, cada noticia, reportaje o crónica, es un gancho al hígado. Un día con suerte es cuando logramos evadir esa lluvia de puñetazos, ese llanto de balas, ese pánico de redes sociales. Concluir la jornada indemnes, vírgenes como esa arcilla que después claudicó al frío. Sin embargo, la poesía en ese repetitivo rap se encuentra, como gambusino en estado de gracia, en rostros como el de Bibi. Ahí está: Duro, feo, viejo, roto. Y tan campante. Vengan los golpes, que aguanto eso y más. Mi cuerpo es un muro, un muro de verdad, no como ese con el que la caricatura nos amenaza.
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La máscara del hombre de la nariz rota es una de las 65 piezas que conforman la exposición Impresionismo y Vanguardias, que se presenta ahora en el Centro Cultural de Mérida Olimpo. Además de esculturas Rodin, hay obras de Renoir, Vuillard, Bonnard, Guillaumin y Pissarro, entre otros.
Hay desnudos pintados por los artistas Pierre-August Renoir, Jean-Antoine Etex y Paul Delvau; retratos de mujeres de Pierre Bonnard, Francois Gall y Louis Anquetin; paisajes de Armand Guillaumin, Ernest Cheteingnon, Ferdinand du Puigadeau y Gustave Adolph Wiegand. Una galaxia.
Además, el Museo Soumaya instaló en el Olimpo la muestra Del marqués a la monja, en la Sala 1, con piezas de escultura, pintura y poesía, con 19 obras de pintura novohispana, sacra, naturaleza muerta, retratos y desnudo femenino. En la Sala 2 se exhibe Toledo-Monsiváis, del Museo del Estanquillo. Entre las obras de esta muestra se encuentran El Gato Monsiváis, Gatos con manzanas, Chango, Escorpión, Carta a Monsiváis y cuadros que hacen referencia a Benito Juárez.
El arte como bálsamo; vitacilina para la vida, abrazo, sicoanálisis gratuito --y realmente eficaz. La cultura como —verdadero— escudo.