Triste regreso a casa

Por PABLO A. CICERO ALONZO

La semana pasada, José intentó suicidarse. Venía a Mérida, donde nació y están enterrados sus muertos. Viajaba en autobús. En la caseta de Cosamaloapan, en Veracruz, se bajó e intentó arrojarse al vacío. Para él, ya nada tenía sentido. Vivía en Estados Unidos, donde tenía trabajo estable; le enviaba regularmente dinero a su familia, sumida en la pobreza. Fue deportado la semana pasada, convirtiéndose en una de las primeras víctimas de la política migratoria de Trump. Cuando estaba a punto de terminar con su vida, volando para siempre, Eva, la jefa de Protección Civil de esa localidad, y su equipo, le convencieron que no. Lo alejaron del borde del abismo de esa depresión. El nombre completo de este suicida frustrado es José Uc Pacheco; tiene treinta y un años y vivirá para contarlo. Le hubieran bastado dos punto dos segundos para cubrir los veinticinco metros de la altura del puente que iba a ser su trampolín a la muerte. El de la agente que encabezó su rescate es Eva Leal Molina. Los medios veracruzanos publicaron este drama, que aún no tiene fina feliz. José sigue en Cosamaloapan, con un profundo, profundísimo cuadro depresivo. Dice que el sueño se tornó en pesadilla. Está a la espera que sus familiares vayan a buscarlo. Esos familiares paupérrimos que mes con mes recibían el fruto de su trabajo honrado. En la misma situación que José están miles de yucatecos. La gran mayoría que opta por trabajar en Estados Unidos es porque aquí no encontró las oportunidades para ofrecerle una vida digna a su familia; se ve obligada a cortar sus raíces y a aventurarse a lo desconocido. El trayecto a las esperanzas que se materializan en el Norte es arduo y peligroso. Muchos yucatecos han perdido la vida. Muchos han sido víctimas de robos, secuestros y violaciones. Una vez en Estados Unidos, si tienen suerte, los acogen otros familiares y amigos, a los que también nuestra tierra vomitó. Ahí viven divididos, añorando a su familia y a su tierra. El sueño americano tarda en hacerse realidad… O nunca se materializa. Ese es el caso de Luis Demetrio Góngora Pat, quien se perdió en la búsqueda del oro de una vida mejor en San Francisco. Era de Teabo y tenía cuarenta y cinco años cuando un policía de California lo mató. Semanas antes de su asesinato, vivía en la zona habitacional denominada La Misión, cercana al aeropuerto internacional de esa ciudad. De ahí fue desalojado tras no poder pagar el costo de la renta. Naufragó en la furia del capitalismo, y terminó viviendo en una casa de campaña junto a un amigo de nombre Javier Chab Dzul, también yucateco. En enero de este año fueron repatriados a México trece mil doscientas doce personas, de acuerdo con el Instituto Nacional de Migración (INM). La expulsión de mexicanos de Estados Unidos podría incrementarse hasta medio millón por año; según otro escenario catastrófico, esta cifra podría llegar a los novecientos mil anuales. Esto lo advierte un estudio elaborado para el Senado por expertos en la materia. La cacería de mexicanos se ha incrementado. En redadas relámpago son detenidos, y se les confina en pequeñas celdas durante diez días. Posteriormente, se les despacha en aviones. Durante los traslados sus muñecas y tobillos están encadenados. Como esclavos.