Tratado de frenología

El invierno de 1962 fue asombrosamente delicado en Viena; incluso los árboles de las principales avenidas de la ciudad no mudaron de hoja: el ocre, como por arte de magia, reverdeció. De eso, sin embargo, no se dio cuenta César Lombroso, que acudió a esa capital a especializarse, luego de estudiar medicina en la universidad de Pavía.

Lombroso caminaba como sonámbulo por las vías vienesas, intentando digerir lo que acababa de leer. Aunque ya llevaba tres años publicado entonces, fue hasta una semana antes de la escena descrita cuando El origen de las especies cayó en sus manos. Fue en una librería de viejo, a donde el médico acudía más bien a coquetear con la encargada. Italiano, al fin.

La teoría de la excomunión, cuya polémica no había estallado aún, le movió los cimientos de su formación, que era las aberraciones del alma, aún no llamada locura. Lombroso había trabajado en diversas instituciones mentales, intentando, sin saberlo, encontrar la raíz de la maldad que sufrió en su infancia.

El médico no visualizó el milagro de los árboles de ese invierno atípico. No. El médico formuló los principios de una ciencia que, ya pulimentada, rige todavía y apasiona; se convirtió en el padre de la criminología. El germen de esa ciencia, que como todas comenzó de manera rudimentaria, es el libro Tratado Antropológico Experimental del Hombre Delincuente, y Lombroso lo publicó el 15 de abril de 1876, con poco éxito comercial y recibido con escepticismo por sus colegas, que por primera vez acuñaron el término "zafado", pero para referirse al autor.

Sin embargo, una vez decantado el escándalo y conocidas las pruebas -innumerables, complejas y, en lo que cabe, científicas...-- en las que se basó el italiano sus detractores se escondieron bajo las piedras para dar pasó a una nueva legión de discípulos, muchos de los cuales se descarrilaron en nuevas pesquisas que pasarán a la historia de los horrores de la medicina. Pero eso es otra historia.

En el Tratado Antropológico Experimental del Hombre Delincuente Lambroso llega a la conclusión de que el delincuente es el eslabón perdido, pues en la evolución de la especie planteada por Darwin el simio se convierte en hombre pero queda un pequeño espacio que es en donde entra el hombre delincuente. Este, sostiene, es un ser que no llegó a evolucionar adecuadamente, por lo mismo se quedo en una etapa intermedia entre la bestia y el ser pensante.

Leídas fuera de contexto, principalmente por mentes básicas, la teoría entonces planteada por Lambroso no sólo es revolucionaria, sino peligrosa. Muchas décadas después, ya con nuevos avances al respecto, el médico italiano fue citado para justificar el genocidio nazi. Aquí, como pasa con Wagner y Nietzche, el genio no es responsable del uso --maluso-- que se le dé a su obra.

Lambroso, convencido que la cabeza es el epicentro, tanto en el fondo como en la forma, de la subnormalidad, examinó a un sinfín de delincuentes --desde prevaricadores hasta mitómanos--, deduciendo que todos coincidían con ciertas características en sus rostros. Y las enumeró: menor capacidad craneana, mayor diámetro bizigomático, gran capacidad orbitaria, escaso desarrollo de las partes anteriores y frontales, abultamiento del occipucio, desarrollo de los parietales y temporales y frente pequeña pero prominente, con marcados rasgos simiescos. En la reimpresión con la que se celebró el vigésimo aniversario de la publicación del original, en una cuidada edición a cargo del maestro Johannes Werner, aparece esta ilustración, hallada en el baúl del investigador italiano:

Además de presentar esos rasgos físicos, Lambroso detectó similitudes de conducta en los expedientes clínicos de sus cobayas, como la tendencia a crearse fantasías y ser propensos a delirios, principalmente de persecución. Todos, todos sin excepción tenían complejos de grandeza, a pesar de que sus coeficientes intelectuales apenas sobrepasaban los índices de la subnormalidad. La mayoría se movía en ambientes patibularios y eran asiduos a burdeles y a clubes políticos. Y, de nuevo, todos, todos sin excepción, eran en exceso complacientes con la persona o fin que elegían por temporadas como autoridad, al grado de elogiarla hasta con las más bajas expresiones de lambisconería.

El esquivo Benno von Archimboldi, poeta y científico, se convirtió en el principal crítico de las teorías de Lambroso. Desmontarlas una a una se convirtió en el objeto de su vida y su fructífera aunque evasiva obra. Supo que tenía que combatir las "aberraciones" --así las definía él-- de su colega italiano apenas leyó el Tratado Antropológico Experimental del Hombre Delincuente. También era invierno cuando le puso rostro al infiel de su cruzada. También era Viena.

Sin embargo, en la autobiografía de Von Archimboldi, que también editó Werner, confiesa, casi en las últimas hojas de las más de mil que comprenden la obra, que cada vez que veía a un hombre o una mujer con un rostro como el descrito por su antítesis se cambiaba de acera para no toparse con él. Tampoco, admitió en esa obesa confesión impresa, votó por un político con esos rasgos. Nunca.