Leer a Golding en Flambo

Por Pablo A. Cicero Alonzo

En un naufragio, todos los adultos mueren; el mar vomita a niños y jóvenes a una isla desierta. Ahí se forman dos bandos, cuyas diferencias dan pie a una rivalidad que termina en un baño de sangre. El horror, el horror…

El señor de las moscas es un epíteto de Belcebú, uno de los príncipes del infierno. Y así se titula la novela de  William Golding que narra las desventuras de los pequeños, sanguinarios náufragos. 

Este libro se puede consultar en la biblioteca fantasma del fraccionamiento Flamboyanes; está registrado con el número 45692-V y nunca nadie lo ha leído. Nunca. Nadie. Está ahí, como otras cientas obras literarias, guardando polvo. La revivimos en este reportaje entrecomillando sus frases.  Y es que la obra de Golding guarda muchísimas similitudes con la situación en la que viven —y sobreviven— los siete mil náufragos de Flamboyanes, fraccionamiento que nació de la nada hace treinta y cuatro años. 

El mundo, aquel mundo comprensible y racional, se escapaba sin sentir. A la vera de la carretera que une a Mérida con Progreso, a ocho kilómetros del puerto y a veintitrés de la capital yucateca, esta unidad habitacional fracasó a los pocos años de su apertura. A la deriva, olvidada por las autoridades se fue convirtiendo en el último refugio de los indeseados. 

Sustancia vítrea, formada por las impurezas, que flota en el crisol de los hornos metalúrgicos; persona o conjunto de personas miserables o despreciables; en especial, aquellas que pertenecen al estrato más bajo de la sociedad: escoria.

¿Qué es lo que somos? ¿Personas? ¿O animales? ¿O salvajes? Antiguos moradores del pantano, de la ciénaga; miserables con los que se ensañó la naturaleza y que perdieron todo con el paso de huracanes, forasteros que creyeron que en Yucatán escaparían de sus pesadillas; el gueto progreseño, la corte de los milagros de la costa. 

«Flamboyanes es el futuro de Progreso», sostiene Luciano Salazar Beltrán, uno de los primeros moradores de esta tierra que parece de nadie. Y lo sostiene, vaticinando un oscuro mañana para el puerto. En el último cuarto de siglo, el crecimiento de esta comisaría ha sido explosivo: 358%

La edad media de los moradores olvidados de este refugio es de dieciocho años, lo que nos remite de nuevo a El señor de las moscas. El cuarenta y cuatro por ciento de los niños y jóvenes en edad de estudiar no lo hace. ¿Por qué? Porque no hay las suficientes escuelas. 

Una primaria, una telesecundaria, una biblioteca que nadie visita… Así, los niños y jóvenes vagan por las polvorientas calles de esta ciudad dormitorio, buscando en maras la familia y la escuela que el destino les negó. Dos grandes pandillas se disputan —literal y metafóricamente— la geografía: Sur 13 y Norte 14. 

Los niños y jóvenes de Flamboyanes se han forjado el estigma de pandilleros. Y eso es patente. Hace unos días, cuando al alcalde de Progreso se le preguntó sobre un reciente crimen en que la víctima era de este fraccionamiento, dijo, a manera de justificación, que era drogadicto; «fue un ajuste de cuentas». 

Si alguien te da miedo, le odias, pero no puedes dejar de pensar en él. Efectivamente. José Eduardo Javier de la Cruz vivía en Flamboyanes, pero su infierno fue en Paraíso, otra de las zonas comanches de Yucatán. Al político —José Isabel Cortés Góngora— únicamente le bastó conocer su procedencia para justificar su final. Un prejuicio que nubla a la gran mayoría de los yucatecos. 

Estoy aterrado. De nosotros. Sólo dos policías vigilan Flamboyanes, y lo hacen en turnos de veinticuatro horas. Sólo hay un centro de salud, con un sólo médico, que ofrece consultas cuatro horas al día; la mayoría —sesenta y cinco por ciento— están relacionadas con embarazos de adolescentes. A pesar de ser un territorio de niños y jóvenes, y que la mayor demanda es la señalada, no hay servicios de pediatría ni de ginecología. 

Para trabajar, estudiar o curarse, los pobladores de Flamboyanes tienen que viajar a Progreso o a Mérida. El servicio de transporte que ahí funciona sólo tiene capacidad para transportar a ese destino a mil personas, cuando son cinco mil quienes lo demandan. 

Tienen que darse cuenta que el miedo no les puede hacer más daño que un sueño. Hay dos mil casas en Flamboyanes; en cada una de ellas habitan de entre cuatro a diez personas. El ingreso semanal de cada familia es de mil trescientos pesos semanales, contando lo que ingresan niños y jóvenes: más de la mitad de ellos trabaja. 

Las ideas más brillantes son siempre las más sencillas. Una argentina menuda se pasea por las peligrosas calles de Flambo. Se llama Renata Barrionuevo, y se mueve como pez en el agua en ese barrioviejo. Se ha convertido en una tabla de salvación de esos jóvenes náufragos de una de las islas más peligrosas de Yucatán.

Lleva trabajando ahí dos años, en un proyecto que durará un lustro. No le responde a autoridad alguna, que ha dejado a la deriva a los pobladores de esa nave que hace agua. Ella es la coordinadora del programa de la Fundación del Empresariado Yucateco (Feyac) que está sacando a flote esa región. 

Comenzó en 2014, y se prevé invertir cinco millones de pesos en a curación de las heridas sociales de esa comunidad. Van a la mitad; algunas llagas supuran, otras ya cicatrizaron. Quinientos pesos por familia anuales que cambiarán completamente a Flamboyanes. 

La falta de espacios escolares se intenta suplir con actividades culturales y deportivas, como talleres musicales y clases de baile; también se promueven oficios de carpintería, electricidad, herrería y elaboración de hamacas.

La ausencia de oportunidades laborales, que empuja a los habitantes de las siete colonias de Flamboyanes a viajar todos los días, se palia con un proyecto de costura industrial y un desarrollo agrícola y ganadero; desde hace meses, esa árida tierra da frutos que consumen sus pobladores. 

A diferencia de la mayoría de las comunidades de Yucatán, Flamboyanes no tiene fiesta anual; ahí no tienen nada qué celebrar: ni siquiera un santo patrono a quien despertar en el cielo con voladores. Eso cambió con la llegada de Renata y los voluntarios de la Feyac: todos los agostos se recuerda la fundación del fraccionamiento. 

También se han comenzado a promover fiestas cívicas, del santoral de la Patria. Lo primero que se necesitó para celebrar, por ejemplo, el Día de la Bandera fue… Una bandera. No hay lábaro que ondee en esos vientos que poco tienen de brisa costera. Fue la Unión Social de Empresarios de México la que donó la primera bandera que se saludó en Flamboyanes. 

La gente nunca resulta ser del todo como uno cree que es. Hay carreras atléticas y otras fiestas comunales, entre las que destaca la de la Noche del Horror, un divertido hanal pixán que muchos encontrarán irónico o macabro dado los antecedentes de la comunidad. Falta mucho para cambiar el rumbo de esta comunidad, pero por lo menos ya alguien al timón. Y no es ni el gobierno del Estado ni el Ayuntamiento de Progreso. La sociedad organizada está cambiando en poco tiempo lo que se dejó a un lado por décadas. Todo iba bien entonces; todo era simpático y amistoso.