LA NOCHE MÁS OSCURA

La noche anterior, en silencio, se deslizó a la cama de sus padres. Tenía miedo. Inhala. Las cortinas de su cuarto se movían con la brisa y formaban extrañas figuras. Tardó en dormirse, y cuando lo hizo, esas sombras cobraron forma y se colaron en sus sueños. Despertó sobresaltada y corrió a la otra recámara; ese pequeño trayecto, de unos cuantos metros, se le hizo eterno, con aquellas sombras pisándole los talones. Su madre, aún medio dormida, le dio un beso en la frente y la abrazó fuerte, muy fuerte; inhala, exhala, le decía para calmarla; inhala, exhala. Su padre, de sueño más profundo, sólo se percató de su presencia cuando se levantó. Él, en silencio, se bañó y visitó, y cuando aún la niña dormía, la despertó con cariño. Vamos, muñeca, hora de ir a la escuela. La niña sonrió, con los ojos aún cerrados. Él le dio un beso en la mejilla y se despidió. Nos vemos en la noche, princesa. En la cocina lo esperaba su esposa, con una taza de café. Cómo pinta el día, preguntó. Tranquilo, respondió. Llevo a la niña al colegio y después tengo varios pendientes. Te esperamos en la noche. Te amo. Te amo. Él salió, sin imaginarse que su mundo, y su ciudad, se derrumbarían en pocas horas. La niña corrió a la cocina, esperando ver a su papá. Ya se fue, mi amor, pero me dijo que te diera muchos besos. La madre alzó a la pequeña y cumplió, obediente, concienzudamente, la encomienda. Ella reía y se retorcía por las cosquillas. Te amo, mamá. Y si no voy a la escuela y te acompaño hoy, sugirió, con una mirada pícara. Estoy un poquito cansada. No, tienes que ir a la escuela. Ahí te vas a sentir mejor, replicó la madre. Ya lo verás. La niña se puso su uniforme y juntas, caminando, dejaron la casa rumbo al colegio. En la puerta se despidieron; una bendición, un beso, una sonrisa. En la escuela, la pequeña se acercó a sus amigas, y comenzaron a hablar de muñecas, de caricaturas, de lo mal que se portaban los chicos de su salón. Corrían, jugaban, reían, como una parvada de palomitas. A la maestra le fue difícil que sus alumnos se concentraran e hicieran silencio. Como todos los días, les pidió que pintaran lo que habían soñado. Ella, la pequeña que había tenido miedo en la noche, decidió que no quería pintar su sueño, esas sombras siniestras que la persiguieron incluso hasta la cama de sus padres. Así que decidió pintarlos a ellos. A su padre, alto, con barba y lentes; una camisa a cuadros y un pantalón largo. A su madre, con el pelo suelto y pecas en el rostro, y un vestido amplio, color rojo. En medio de ellos, ella. Los tres con una gran sonrisa. Pintó césped y un arcoiris. Cuando se paró a mostrarle a su maestra el dibujo, se sintió mareada, que todo alrededor le daba vuelta. Cuando miró alrededor, vio a sus compañeros con caras asustadas, unos gritando, o haciendo como que gritaban; en realidad, sólo escuchaba como si algo se estuviera rompiendo, y después, un pitido. Sintió, después un golpe en la cabeza y que todo se oscurecía. Cuando volvió en sí, todo estaba oscuro a su alrededor. Inhala, exhala. Era un sitio pequeño, muy pequeño; ella estaba echa un ovillo, una roca entre las rocas. Inhala, exhala.  Le dolían un pie y la mano, y sentía la boca reseca; le ardían los ojos. Inhala, exhala. Quiso gritar, pero de su boca no salió nada, nada, nada. Inhala, exhala.  Inhala, exhala. Quiso gritar de nuevo, pero, de nuevo, de su boca sólo salió silencio. Comenzó a llorar, mamá, papá, dónde están, mamá, repetía. Mamá. Inhala, exhala. Su voz poco a poco comenzó a aflorar, y cuando se dio cuenta de ellos, intentó otra vez gritar: Ayúdenme, ayúdenme; estoy sola, no sé dónde están los demás. Inhala, exhala. El grito le rebotaba en el pequeño espacio en el que estaba encerrada, en la completa oscuridad. Ni un rayito de luz podía vencer a esa penumbra total. Inhala, exhala.  Lloró de nuevo, volvió a llamar a su madre; sentía que los ojos le ardían, que le faltaba el aire. Intentó safarse de ese abrazo de concreto, pero mientras más se movía, más le dolían el pie y los brazos. Inhala, exhala. Aún así, siguió moviéndose, lastimándose, percatándose de que era inútil. Mamá, sollozaba, hasta que se quedó de nuevo dormida. En sus sueños la visitaron de nuevo las sombras que había visto en su cuarto, y se despertó gritando, un grito que, de nuevo nadie oyó. Mamá, dónde estás; mamá, ven aquí. Inhala, exhala.  La niña tenía sed y hambre. Mucha sed y hambre. Su pancita sonaba, crujía por dentro. No podía tampoco dejar de llorar. Inhala, exhala.Cuando las lágrimas parecieron terminarse, escuchó cerca de ella como que alguien igual estaba llorando; le pareció reconocer entonces la voz de una de sus compañeras. Inhala, exhala.  Hola, gritaba; hola. Dónde estás. Inhala, exhala. Y de nuevo, únicamente el silencio le respondía. Ya no se sintió tan, tan sola; sabía, tenía la certeza de que cerca de ella había alguien. Inhala, exhala. Eso la calmó un rato, hizo que dejara de llorar y de gritar. El hambre y la sed, sin embargo, no se le quitaban. Inhala, exhala.  De vez en cuando, en esa noche larga, en esa ausencia de luz, los llantos que escuchaba a lo lejos igual cesaban, y comenzaba a escuchar entonces unas especias de arañazos, que más que tranquilizarla la paralizaron todavía más, ahora de miedo. Inhala, exhala. Tanta hambre tenía que se metió a la boca el polvo que estaba en el piso, lo que le provocó un ataque de tos; vomitó y se orinó. Inhala, exhala.  Las lágrimas secas afloraron otra vez, ahora por vergüenza; hace años que no se orinaba, ni en la cama. Se sintió una estúpida, se sintió una niña boba. Inhala, exhala.  Mamá, mamá, clamó de nuevo. Mamá, mamá, y perdió otra vez el conocimiento. Inhala, exhala. Boqueó como un pececillo fuera del agua, abría la boca pero sentía que el aire no entraba a sus pulmones, sentía que se estaba ahogando. Inhala, exhala. Inhala, exhala. Inhala, exhala. El calor era insoportable y tenía la impresión de que el sitio en el que estaba se había reducido. Seguía sin ver nada, a pesar de que sus ojos ya se habían habitado a ese mundo sin luz. Inhala, exhala. Sabía que adelante había algo que parecía una tabla alta, y que atrás su espalda estaba contra un muro áspero, que se deshacía como un polvorón. Inhala, exhala. De sus ojos salieron las últimas lágrimas; quería que ya se acabase pronto todo. El oxígeno se acabó en esa caverna de bloques. Exhala. Minutos después, se sintió un pequeño, ligerísimo soplo: el aire halló el camino y llenó de nuevo sus pulmoncitos. Además, ese viento mínimo levantó el dibujo que ella había hecho y se lo puso providencialmente en sus manos. Aún no podía ver nada, pero sabía que en ese papel estaban ella y sus papás, y se lo puso en el pecho, lo apretó, como si quisiera meterlo a su alma. Sonreía cuando de un agujero un hocico húmedo comenzó a olisquearla. Varios pares de manos comenzaron a hacer más grande lo que primero fue un minúsculo hoyo. Afuera, un hombre levantaba el puño y mil más guardaban silencio. Un silencio total. Está viva, gritó. Está viva. Exhala…