Por Pablo A. Cicero Alonzo

Juego de tronos en la piedra amarilla

Yellowstone es un parque nacional de Estados Unidos, establecido en 1872. Ubicado en Wyoming, Montana e Idaho, alberga una gran variedad de animales salvajes como osos pardos, lobos, bisontes y alces. Dentro del parque también se preserva el Gran Cañón de Yellowstone, el Old Faithful y el conjunto de geiseres y fuentes termales más impresionante del mundo.

A mediados del siglo pasado, los lobos fueron exterminados; durante décadas, ningún aullido se escuchó en las noches estrelladas de esa inmensa extensión de tierra. Esto ocasionó la ruptura de la cadena alimenticia, lo que provocó una sobrepoblación de uapitís, una especie de ciervo, inmenso, sólo un poco más pequeño que el alce.

Se decidió entonces repoblar Yellowstone con lobos. Se capturó a una pareja de lobos canadienses, pertenecientes a la especie más parecida a la que antes reinaba en la piedra amarilla, que dicen es un inmenso volcán, el más grande de todos. Soltaron a ese adán y a esa eva con la consigna de repoblar ese mundo. Cuando la hembra estaba embarazada, un cazador furtivo mató al macho. Los cuidadores del parque decidieron proteger a la hembra, que parió en cautiverio.

A ella y a sus lobeznos los ubicaron en una llanura limitada por una cerca. Todos los días, los cuidadores les llevaban alimentos. La hembra y la mayoría de sus hijos se alejaban lo más posible de los humanos. Sólo un cachorro, sólo uno, se atrevía a quedarse cerca. Sólo uno, capaz de mantenerle la mirada a los humanos, a los de la misma especie que había asesinado a su padre.

Cuando los cachorros crecieron, los dejaron en libertad. A ellos y a su madre les pusieron un collar de identificación, con dispositivos para rastrearlos. Todos los collares estaban numerados. El de ese cachorro temerario tenía el número 21.

Veintiuno. Así pasaría a la historia el emperador de los lobos. Recién liberado, este lobo se alejó de su familia y se integró a otra manada, cuyo alfa corrió la misma suerte que el recién llegado. El lobo fue recibido con alegría, y naturalmente ocupó el lugar que el macho asesinado. Ha muerto el rey. Viva el rey.

Por lo general, sólo la hembra dominante da a luz en las manadas de lobos, y el cuidado de los cachorros queda a cargo de todos los demás integrantes del grupo. En el primer invierno del reinado de Veintiuno, embarazó a tres hembras. En primavera, su manada la comprendían treinta y siete individuos. La más grande jamás registrada. Probablemente, la más grande de la historia de los lobos, desde el inicio de los tiempos. El reino de Veintiuno se convirtió en un imperio. El Alejandro Magno de su especie, el Genghis de Yellowstone. Y nunca mató a otro lobo.

Al contrario. Lo que más gozaba este soberano era hacer creer a los cachorros que perdía ante ellos. Al alfa le gustaba jugar con los lobeznos, combatir cariñosamente con ellos. Los cachorros, aún con aliento de leche, ponían sus patitas sobre el inmenso pecho del animal, y lanzaban sus primeros, pequeños aullidos. El rey les enseñaba así lo que era sentirse victoriosos; les regalaba confianza, indispensable para los cazadores en que se convertirían.

Nunca perdió una batalla de verdad; incluso, hay registros de un enfrentamiento de él contra otros seis. A todos los hizo añicos, perdonándoles la vida. Un caso único en la violencia que caracteriza a esta especie. Veintiuno murió de viejo. Su cuerpo se descompuso en un claro de bosque, donde ahora florece un zarzal.

Cero seis fue nieta de Veitiuno. Y fue la mejor cazadora de Yellowstone en décadas. Durante su vida se labró una gran reputación como experta estratega, Napoleón, Rommel. Cuando se refieren a ella los cuidadores del parque, lo hacen como si fueran rapsodas de sus hazañas, como cuando ella sola se enfrentó a cuatro coyotes que amenazaban su territorio.

Estos coyotes estaban organizados como una manada de lobos —algo muy poco habitual—. Estos animales suelen tener miedo de los lobos, y con razón. Pero éstos en particular, muy perspicaces, habían desarrollado la estrategia de acosar con agresividad a los lobos, especialmente a los jóvenes, que se dirigían en solitario a la madriguera en la que Cero Seis tenía a sus cachorros.

Cualquier lobo que visita a los lobeznos de su manda va siempre lleno de comida para entregarla —un lobo puede llevar hasta diez kilos de carne en el estómago. Estos coyotes rodeaban y amenazaban al lobo. Pura extorsión animal. Para evitar que lo mordieran de gravedad, el lobo regurgitaban la carne a los bandidos coyotes y después escapaba sano y salvo. Uno casi podía oír a los coyotes reírse contando estas historias. En el folclore norteamericano, el coyote muchas veces aparece como embaucador. En la vida real… el coyote muchas veces es un embaucador. Un día, cuatro de ellos estaban junto al cadáver a medio comer de un uapití que habían matado los lobos, cuando una única loba se acercó con paso tranquilo. Ésta suele ser la señal para que los coyotes hagan sitio al lobo. En cambio, uno de los coyotes se acercó a la loba meneando la cola, como si la invitara a jugar, y después le dio un fuerte mordisco, como si quisiera decirle: «¡Somos diez y no vamos a movernos de aquí!». A Cero Seis aquello no le hizo ninguna gracia. Salió de su guarida con toda la manada y se dirigió a la de los coyotes, como si se hubiera hartado. Cuando tuvieron el cubil de los coyotes a la vista, de algún modo indicó al resto de la manada que se quedaran allí y observaran. Así lo hicieron. Los coyotes comenzaron a rodearla y a hostigarla, gruñendo, enseñando los dientes, agachando la cabeza, y cerrando el círculo con el lomo erizado. Cero Seis los ignoró. Entró en su guarida. Uno a uno, sacó a todos los cachorros cayote. Uno a uno, los sacudió hasta matarlos. Y delante de sus padres, se comió a todas sus crías. –Se dio la vuelta y volvió con su familia al trote, como diciendo «así es como se hace». Es la única vez que se ha visto a un lobo comer coyotes. Cero Seis, genocida, jemer rojo.

En los cantos de los juglares de Yellowstone también hay temas sexuales, en las que se narra la vida amorosa de Cero Seis. Su inexplicable concepción del amor y sus extrañas tendencias sexuales, por ejemplo, la llevaron a convertirse en la matriarca fundadora de una manada Lamar. No le bastó una pareja, como suelen conformarse todas las hembras líderes de su especie. Eligió a dos machos para procrear: Siete Cincuenta y Cuatro y Siete Cincuenta y Cinco, conocidos como los asesinaciervos. A ellos les bastó un vistazo a aquella hembra joven y sana para dejar a las otras cuatro por una sola loba. Y por elección de ella, y no de ellos, hizo algo poco habitual entre los lobos: se apareó con los dos hermanos.

Un cazador furtivo asesinó a la emperatriz, a la leyenda. Eso ocasionó una guerra civil. La historia no la escriben los perdedores, pero esta sí. La hija más pequeña de Cero Seis, nació en una camada precoz. Era una cachorrita debilucha, pero tal vez por eso la preferida de su madre. Se llama Ocho Veinte, y fue desterrada por sus hermanas mayores, dos lobas imponentes, de pelaje negro. El único de su manada que apoyó a esa princesa de Yellowstone es su padre, Siete Cincuenta y Cinco, un inmenso ejemplar, que recorre en estos días en solitario parajes con su hija, en búsqueda de la tierra prometida para fundar un nuevo reino. Y ahí andan, olisqueando y aullando en las noches. La joven y su anciano padre, que le roba días y noches a su existencia para encontrarle un Canaán a su cachorra…

La saga de Veintiuno y de sus descendientes está maravillosamente descrita en el libro «Mentes maravillosas: Lo que piensan y sienten los animales», de Carl Safina. Esta obra divulgativa fue editada por Galaxia Gutenberg.