Pablo A. Cicero Alonzo

Hallar la playa debajo del asfalto

Ir en contra eleva el espíritu, dictaba cátedra en verso Raúl Renán. Entumidos en la suavidad y calidez del rebaño, confortablemente entumidos, leíamos esas palabras y nos imaginábamos el sesenta y ocho. Pero esas guías, que titilan provenientes de ese súpernova que ya se extinguió, no se referían, testarudas y nostálgicas, al pasado, sino al presente y al futuro.

Hay que vacunarnos contra socavones. Hemos sido testigos de cómo la corrupción ya no sólo depreda; también asesina. Dos hombres, padre e hijo, murieron cuando su automóvil transitaba por una carretera que fue anunciada con bombo y platillo. La verdad, en este caso dolorosa y cruel, salió a la luz en forma de un gigantesco hoyo que se engulló a los desafortunados. El fétido eructo fue la certeza de un trabajo mal hecho, que sirvió para que unos cuantos ingresaran más millones a sus ya obesas cuentas bancarias. Ante esa grieta de credibilidad, las autoridades responsables han dado excusas inverosímiles, pensando que los balidos de las ovejas se callarían, como ha sucedido con anterioridad. Esos balidos se han tornado en gritos y críticas, muy bien articuladas. A golpe de indignación, nuestros grilletes se han roto. Ahora que somos un poco más libres que ayer, es momento de empujar un cambio, de hallar la playa debajo el asfalto de la corrupción.  Nuestras quejas se han silenciado con distintos, diversos bozales. Cuando no es con mentiras es con violencia. Hasta ahora, la gran mayoría de los actos de autoridad nos han restado importancia, ya no como ciudadanos, sino como seres humanos. Los agujeros negros de la corrupción succionaban nuestra capacidad de asombro, arropándonos en la oscuridad del cinismo y la desidia. Hace unos días, un ministro tuvo la oportunidad de abrir una caja de Pandora con la que le restaría poder a los alcaldes; un fallo-kriptonita para el absolutismo municipal. Le faltaron -o sobraron- razones para no hacerlo.  En esta coyuntura en la que la ciudad abandona la crisálida de aldea y se torna en mariposa metropolitana es necesario que sus habitantes asumamos esa responsabilidad. En nuestras manos se moldea el futuro, y ya sólo de nosotros depende que éste sea oscuro o brillante.  Esta disyuntiva coincide cuando distintas acciones pasadas se juzgan en el presente. Con la incertidumbre de cuánto se tendrá que pagar por las luces apagadas y cómo, y con una amnesia selectiva provocada más por los golpes de ego que por la arremetida de matarifes, hay que recordarles a nuestras autoridades que el dinero que gastan en muchas ocasiones de manera discrecional es nuestro. Tarde o temprano, socavones se abren a nuestros pies y nos recuerdan la corrupción de quienes dicen gobernarnos. Podrán intentar, como siempre lo hacen, rellenar esos agujeros con mentiras u olvido. Y es ahí cuando nosotros debemos quitar esos adoquines de falsedades y hallar la arena con la que se construyen los castillos de la ciudadanía.