ENVIDIANDO A BARTLEBY

La novela Moby Dick respira como su protagonista. Es un leviatán, una biblia con génesis y apocalipsis; llámame Ismael, era el Raquel, de rumbo errante que, retrocediendo en busca de sus hijos perdidos, encontró sólo otro huérfano. Sin embargo, la genialidad de Herman Melville también nada ligero, en las pocas páginas de Bartleby, el escribiente; un charco océano.

Preferiría no hacerlo. Esa demoledora manifestación de intenciones trasciende a lo escrito por Melville. Sobre el protagonista, Bartleby, y su negación a hacer se han escrito tratados, conjeturas, teorías… Bartleby es un escribiente de un despacho de Wall Street, que un día cualquiera ve huir sus ganas de seguir. Congelado en la inacción, este personaje se limita a ver cómo pasa el tiempo, sin hacer nada, diciendo únicamente, como mantra, preferiría no hacerlo.

Uno de los hijos bastardos más interesantes de esta fábula de Melville es un ensayo realizado por Enrique Vila Matas, en la que pone en paredón a los escritores que, como Bartleby, tiran la pluma y simplemente dejan de publicar. Desaparecen. Se esfuman, como Rimbaud, que de niño prodigio pasó a traficante de colmillos de elefante y machetes ¿Por qué?, se pregunta Vila Matas, ¿de qué resorte, de qué engrane dependen las ganas de continuar? Yo lo sé. Porque en ocasiones envidio a Bartleby.