Pablo A. Cicero Alonzo

En Macondo a partir de mañana

Minutos después de que un pelotón me comenzara a fusilar con preguntas sobre mi permanencia en este periódico, recordé aquella mañana remota en la que entré por primera vez en una redacción. Mérida era entonces una aldea, y el oficio olía a tinta y plomo. Los que hoy tienen calvas como huevos prehistóricos, peinaban abundantes cabelleras.

Muchos me enseñaron el desde entonces moribundo oficio, y a todos los recuerdo con cariño; a los que ya no están y a los que siguen. Incluso a los que hacen de mi vida una novela y acrecientan la leyenda urbana. Son ya muchos los años, y muchas las batallas, aunque no tantas como las del coronel Aureliano, que sumó veintiséis.

Sin embargo, como los maldías de ese Buendía, retorno a mi taller a hacer pecesitos de oro. Punto Medio fue para mí un reto. Ya antes había tomado el timón de otras embarcaciones, incluso en otros mares mucho más revueltos. Con un nuevo rostro y un espíritu distinto, llego en esta nave al puerto que desde el principio me tracé como destino. Misión cumplida.

El periódico que tienes en tus manos en muy distinto al de hace dos meses, diametralmente diferente que al de ocho años, cuando fue creado. Cada portada, cada línea que se gestó mientras estuve al mando fue una aventura llena de pasión, un intenso regreso a Ítaca. El viernes, no quedará en estas páginas rastro de mí, pero sé que aún se escucharán mis llamados a remar en la redacción, ecos furibundos y lunáticos. Y eso, sólo eso, me llena de satisfacción personal y profesional.

Yo regreso al taller donde están las maravillas de Melquíades, donde desde hace cuatro años encontré la fórmula de convertir la mierda en oro. Como el coronel, una barrera invisible, marcada con tiza, me separará del resto del mundo, en especial de los poderosos, que tienden a corromper todo a su paso, ya sea por medio de halagos, dádivas o, en el mejor de los casos, amenazas.

Mis peces de oro nadan al amanecer, en esa preciosidad que se llama reporte 8AM. Es un trabajo para pocos, un Macondo particular; el mayor de mis logros no es que me lean, sino hacer familia con quien lo hace; familia de azares, amigos de madrugada. Un híbrido entre análisis y opinión, un estómago hambriento en el que se dialoga y se hace comunidad. Magia gitana.

En esas páginas para mis confidentes no me tengo que preocupar si hiero susceptibilidades; ellos las conocen y las esperan. Saben cuáles son mis filias y mis fobias, y son conscientes que toda las críticas que ahí vierto sólo tienen como objetivo contribuir a una mejor sociedad. Ellos no son de piel sensible, están curtidos en batallas dialécticas y prefieren un señalamiento inteligente y oportuno a un elogio mentiroso y cínico.

Ahí andaré, ejerciendo a mi muy particular manera el mejor oficio del mundo, rindiéndole cuentas a mi consciencia, a mi esposa y a mis hijas; depositando periódicamente cuotas al único banco en el que creo: el de la integridad. No estaré solo, por lo menos no cien años. Ya son muchos los que me acompañan.