El periódico de la alcaldesa

Por Pablo A. Cicero Alonzo

Había sido una campaña dura, intensa, pero al final, había ganado. Los diez mil votos de diferencia, un poco menos de lo que esperaba, servirían de colchón para las primeras semanas; ella estaba segura que poco a poco se iría granjeando la confianza incluso de quienes no le habían votado. Ese día estaba agotada; sólo quería llegar a su casa y platicar a solas con su esposo, como solía hacer antes de que la vorágine de la política la engullera; se los tragara. Él la había apoyado siempre, en todo, pero ahora resentía esa intimidad perdida, escondida en recóndidas memorias. Sólo quería que se acabara la ceremonia en la que le otorgaban su constancia de ganadora… Y próxima alcaldesa de la ciudad.

¿En qué momento decidí optar por la política?, le había preguntado a su esposo tiempo atrás. Cuando te diste cuenta que hacía falta gente buena que trabajara por los que menos tienen, cuando te decidiste a hacer algo, cuando la indignación no te dejaba dormir… Ni a ti ni a mí. Por eso te quiero y por eso te admiro, le dijo él.

Regresó a casa y necesitó la ayuda de su secretaria para bajar todos los regalos que le habían dado en ese día tan especial. Desde plumas hasta cuadros. Todos, muestras de cariño sincero y simpatía. Nada excesivo o caro. Pura esperanza hecha presente. Su esposo la esperaba en la cocina con una botella de vino, como solía hacer cuando estaban recién casados.  Platicaron casi hasta el amanecer. Su presencia fue un bálsamo, un remanso en esa frenética agenda que había comenzado a regir su vida desde hace meses; fue pomada, confesionario. Antes de irse a dormir, su esposo tomó uno de los regalos que le habían dado: era un sobre adornado con unas cintas, con el nombre de la futura alcaldesa escrito con cuidado, con una caligrafía preciosa. ¿Qué es esto?, preguntó. No sé, le contestó ella; ábrelo.

En el interior había un periódico, el del día en el que se dieron a conocer los resultados de la votación. En esa primera plana se leían los porcentajes con los que había vencido a su contrincante, así como las declaraciones de éste, aceptando su derrota y deseándole a la ganadora el mejor de los éxitos, «la ciudad se lo merece», dijo entonces.

La noticia estaba ilustrada por una fotografía de ella, con los brazos alzados. Detrás, cientos de sus simpatizantes, bañados en una festiva lluvia de confeti, igual levantaban las manos y gritaban de júbilo. Era una imagen que reflejaba a la perfección el triunfo obtenido. Junto con esa crónica y esa fotografía se encontraba un extenso perfil de ella. Ahí se mencionaban sus estudios y su paso por la iniciativa privada —era abogada laboral—, así como el nombre de su esposo «y primer asesor», como se le señalaba.

A ambos les encantó. Y agradecieron a esa persona anónima que recuperó el ejemplar, que por el trajín de esos días no habían podido leer. Se fueron a su recámara, agotados pero contentos. Ahí, en el cajón de la mesita de noche guardaron el sobre con el ejemplar. Sobre el mueble  había un ejemplar de «El retrato de Dorian Grey».

Fue en ese naciente día cuando todo comenzó a morir. Los primeros meses fueron difíciles, como cualquiera de cambio de poderes y de partidos; sacó fuerzas por debajo de las piedras para romper las barreras de esa administración que parecía aferrarse al pasado. Sin embargo, logró imponerse, ella y su visión y estilo. Sin embargo, poco a poco se fue enquistando en su alrededor un grupo de aduladores que comenzó a nublarle la vista y la realidad. Moscardones que la alababan sin recato, cuyos elogios se fueron convirtiendo en un velo que distorsionaba la realidad.

Se alejó de su esposo poco a poco, poco a poco, imperceptiblemente. Él no pudo hacer nada ante una mujer que comenzó a no reconocer. Cuando ella llegaba a su casa, él ya estaba durmiendo, y en los apuros del desayuno sólo tenían tiempo —y ganas— para ponerse al día en lo intrascendente. Cómo te fue, por qué te está atacando este regidor, quiénes son los beneficiarios de ese programa… Quién es ese joven con el que apareces en todas las fotografías. Las respuestas eran monosílabos, evasivos sí o no, o no te preocupes, es nada, es nadie. Y así, la erosión del día a día se convirtió en una grieta, en un abismo. Ella comenzó a preferir compañías que entonces le parecían más interesantes o determinantes para un futuro en el que se veía sola.

Los tres años de su mandato fueron un pestañeo; en su último informe anunció que estaba embarazada, como le aconsejaron sus cortesanos, que veían en ella un proyecto viable para puestos de mayor trascendencia. La relación con su esposo se convirtió en mecánica, con ese único fin: engendrar al mensaje con el que ganaría réditos a la gubernatura. Y así fue.

Cuando dio a luz, su vida pareció iluminarse de nuevo. Tuvo, al fin, tiempo para ella. Las elecciones para la gubernatura aún no se atisbaban en el horizonte, y encontró tiempo de asomarse a lo que alguna vez fue su pasado. Fue en uno de los pocos momentos que tuvieron solos cuando su esposo sacó del cajón de la mesilla de noche ese periódico que le había regalado el día en que le dieron la constancia de alcaldesa electa.

Sonrió al ver ese regalo… Un mínimo instante. La alegría se convirtió en preocupación cuando leyó el titular: «Alcaldesa deja su cargo anticipadamente». En el cuerpo de la nota se señalaba que ella había denunciado presiones de un grupo político que la estaba obligando a realizar una millonaria obra, con la que se embolsarían grandes cantidades de dinero. Se elogiaba su actitud, ya que había incluso aportado pruebas de cómo la habían tratado primero de convencer con una fracción del desvío, y después amenazado.

Ella llamó inmediatamente a su esposo y le leyó lo escrito. De quién es esta broma, le reclamó molesta. No sé, no sé, no sé, respondió él, igualmente atónito a lo que leía. Le tiró el periódico y tuvo al fin el valor de reclamarle: Es exactamente lo que no hiciste, es exactamente lo que esperaba que hicieras. Al recibir ese dinero me traicionaste a mí y, lo que es peor, a ti; a tus ideales. Sólo han bastado tres años para que conviertas en otra persona. No eres tú con la que me casé…  Abandonó entonces el cuarto, seguido por los llantos de la nena que se acababa de despertar. Ella sólo volteó el rostro y guardó de nuevo el periódico en el cajón.

En ese veleidoso diario igual se publicaba una sincera disculpa de la alcaldesa dirigida a los habitantes de su ciudad: reconocía que el poder la había alejado de sus orígenes, cegándola, ensordeciéndola… Cuántas cosas hubieran hecho o dejar de hacer si me hubiera acercado a ustedes. Ese mea culpa se refería específicamente a una polémica obra que se realizó a regañadientes de los vecinos.

La tormenta amainó y las cosas volvieron, por un decir, a la normalidad. Cuando el presidente de su partido la fue a visitar, la invitó a ser la candidata a gobernadora, algo que ella esperaba y aceptó. Su esposo guardó silencio cuando horas después le compartió su decisión. A diferencia que en las elecciones pasadas, en la de la gubernatura comenzó como la tercera opción. Ella demostró que era un animal político, una bestia electoral, y logró, a golpe de retórica, remontar.

El fin justifica los medios, le susurraban oscuros personajes; el fin justifica los medios. Y así pactó con distintas fuerzas, entre ellas la del crimen organizado. Sabía que su principal contrincante igual se había acercado a ellos, por lo que no sintió remordimiento alguno cuando le aseguró al cartel seguridad para sus familias en el estado. «Será su santuario, se los prometo». Y así dio el último paso que le faltaba para convertirse en lo que siempre criticó.

La promesa al cártel le dio los recursos que necesitaba para imponerse. Cuando obtuvo su constancia para gobernadora ya nadie la esperaba en su casa. Hacía ya tiempo que su esposo se había marchado con su hija; vivían ambos en una otra ciudad, y la visitaban de vez en cuando, muy de vez en cuando. Fue en esa soledad cuando se atrevió a leer, por tercera ocasión, el periódico que le habían regalado hace años. No le sorprendió, entonces, el titular, que de nuevo había cambiado: «Candidata a gobernadora sufre un atentado».

Leyó entonces cómo un sujeto le había disparado en uno de sus mítines. La bala se había albergado en la columna, y los médicos informaban que era poco probable que volvería a caminar; quedaría paralítica, encadenada de por vida a una silla de ruedas. Se ilustraba esa triste noticia con una fotografía de su esposo y su hija. Se les veía tristes, pero decididos a acompañarla en todo momento. «Estamos seguros de que fue el crimen organizado, ya que ella se comprometió a combatir en caso de llegar a la gubernatura», declaraba su esposo, con un orgullo evidente y sentido.  Guardó de nuevo el periódico en su cajón y se durmió enseguida, como sólo pueden dormir los corruptos, plácidamente.

No hay poder absoluto. Aunque tenía a la prensa comprada y a sus opositores amenazados, nunca más volvió a sentirse orgullosa de sí misma. Nunca más. Le vendió su alma al diablo, y vio que los favores solicitados en el pasado se cobraban a precios muy altos. Demasiado altos. Así fue cuando delante de ella vio cómo asesinaban a su esposo. Lo golpearon hasta que la mano del sicario comenzó a sangrar, y fue entonces cuando le dispararon dos tiros: uno en el pecho y otro en la frente. Así lo vio. Y gritó, y les dijo que ellos eran sus amos, que ella era su esclava; que por favor, que por amor de Dios, no le hicieran nada a su hija; que la mataran a ella, pero que no le hicieran nada a su hija…

Los sicarios asintieron cuando les pidió sacar unos documentos de su cuarto. Tal vez pensaron que se trataba de dinero o joyas, qué más podría ofrecer una condenada a muerte. Fue entonces cuando rompió con furia ese periódico, ese maldito periódico. Antes de salir a encontrarse con sus verdugos, se arrellanó en el sillón. Y fue así cuando comenzaron a entumirse sus piernas, sintió una marabunta de hormigas subir de sus pies a sus caderas. Cerró los ojos por un instante, y cuando los abrió, vio a su esposo dormir plácidamente. Ella se le quedó mirando y supo al fin que todo había sido un sueño; un mal sueño, que la realidad se albergaba en ese papel que acababa de hacer tiras. No pudo caminar hacia la habitación de su hija, no pudo, pero sabía que ella en cualquier momento llegaría al cuarto y le diría, una y mil veces, mamá, mamá, mamá, mamá…

-Esta narración, que calificaría como un híbrido entre cuento y columna política, le debe, claro, a Oscar Wilde, a Neil Gaiman y a Alejandro Cervera, quien hoy se estrena como ilustrador en este periódico, que comenzó a soñar desde que estaba en el Hemisferio Sur.