Por Pablo A. Cicero Alonzo

El lobo que cambió América

Coincidiendo con el estreno de El último lobo, película del cineasta francés Jean-Jacques Annaud, publicamos esta historia de pasión y dolor, pero sobre todo de esperanza. Cuenta cómo un cazador mercenario (¡hace siglo y cuarto!) cambió su percepción del mundo y se hizo humano. Era el célebre Ernest Thompson Seton, la mejor demostración de que, en efecto, se puede.

Corre la última década del siglo XIX en la vieja América de la conquista agrícola y ganadera. La caza de búfalos y otras especies se extiende por doquier, y se ha convertido de hecho en una práctica obsesiva y criminal. Ello priva de alimento a los lobos; a ellos, legítimos y ancestrales moradores de aquellas vastas tierras.

Lobo es el líder de una manada que ataca al ganado para sobrevivir, atemorizando a los colonos de Nuevo México, quienes, como buenos creyentes católicos, se ven a sí mismos como dueños y señores de todo cuanto pisan, que para eso Dios dejó claro, negro sobre blanco, que nos cede en usufructo vitalicio todo Su Santo Monte.

La historia de Lobo es también la historia de Ernest Thompson Seton, cazador profesional de origen inglés. Contratado por un puñado de dólares, se dirige al desierto con el único fin de acabar con Lobo. El experto mercenario rastrea sus huellas, le coloca toda suerte de cepos y comida envenenada, pero el animal demuestra una sorprendente habilidad para sortear los engaños mortíferos que coloca Ernest a su paso.

El “enfrentamiento” entre ambos dura meses. No pasa mucho tiempo antes de que el cazador observe que las huellas de Lobo siguen a otras algo más pequeñas. Es una hembra, su compañera, a la que bautiza como Blanca. Es época de celo, y ambos son en ese momento pareja de hecho. Es entonces cuando en la mente del cazador germina una brillante idea: si no puede capturar directamente a Lobo, atrapará a su novia. Elige un estrecho cañón por donde sabe que suelen pasar ambos, y coloca un suculento cebo: el esqueleto de una vaca. Al día siguiente, Seton descubre con alborozo el éxito de su estrategia: Blanca ha caído y se retuerce intentando huir de la mandíbula de acero. Lobo permanece a su lado, como el fiel partenaire que es. Al vislumbrar al hombre, no le queda otra alternativa que huir para salvar su vida. Seton mata a Blanca de un disparo.

El cazador apenas puede pegar ojo durante esa noche, desvelado por los desgarradores aullidos de Lobo llamando a Blanca. Pero el objetivo final del cazador sigue intacto. Durante los siguientes días, Lobo merodea su cabaña, en la creencia de que él la mantiene cautiva. Seton coloca entonces alrededor numerosas trampas impregnadas del olor de Blanca. Al amanecer descubre que algunos de los cepos han desaparecido, y que allí ha estado Lobo. Sigue el rastro, y descubre a su viejo enemigo inmovilizado en el suelo con una trampa en cada pata. En apenas unos segundos arma el guión en su cabeza: Lobo, en su incursión nocturna, fue cayendo en cada una de los cepos, que olían a su añorada compañera.

Algo oprime entonces el pecho del cazador –con toda seguridad, eso que desde antiguo llamamos remordimiento–. El objetivo de los últimos meses se encuentra allí, a unos escasos metros, a su completa merced, abatido de dolor, aunque no acertaría a asegurar en ese preciso momento si es mayor el que le ocasionan los artilugios metálicos o el recuerdo de Blanca. Desde el principio tuvo claro que disfrutaría sobremanera ante un Lobo derrotado. Pero algo no funciona según lo previsto por su protocolo emocional. Lejos de percibir ante sus ojos a un asesino despiadado, observa a un animal leal y tocado por el afecto, un ser que fue capaz de permanecer al lado de su amada y de acercarse a la cabaña de un humano esperando recuperarla.

Le miró fijamente a los ojos, y se le heló el alma al no verse correspondido. El hombre, consternado por sus propios sentimientos, decide en ese mismo momento que se llevará con él a Lobo, a pesar de su lamentable estado, esperando que se recupere de las heridas y tenga así una “segunda oportunidad”. Contó después que el animal ni se resistió, que tenía la mirada clavada en la inmensa planicie, en las montañas donde un día reinó y amó. Lobo murió al día siguiente. Y sí: Seton reunió a ambos y los enterró juntos.

Hasta en el alma del más aguerrido trampero anida un hálito de compasión, y cabe pensar que en el alma de Ernest Thompson Seton debía de haber una generosa dosis, pues aquella experiencia le marcó de tal manera que al poco abandonó su profesión para dedicarse desde entonces a defender la Naturaleza y a sus moradores: también a los lobos. El ciudadano Seton acabó alcanzando fama mundial tras publicar en 1899 su libro Wild Animals I Have Known ( Animales Salvajes Que Conocí), donde obviamente relata la historia de Lobo y Blanca.

Ecologista prematuro, aprovechó su fama para defender el medio natural americano, a pesar de lo cual la caza de lobos continuó hasta su práctica desaparición. Pero sin duda sembró la semilla necesaria para que las cosas cambiasen. Colaboró de facto en la creación del movimiento Boy Scout, del que acabó alejándose tras apreciar su excesivo belicismo durante la Primera Guerra Mundial. Seton trató de recuperar a través de sus libros el respeto que los indios profesaban hacia los animales en general, aquellos pieles rojas que cazaban para sobrevivir (como los mismos lobos), pero a quienes sus víctimas les merecían un reverencial respeto, al punto de solicitarles el perdón a través de distintos ritos después de cada jornada cinegética.

En las fotos de Seton aparecen los reales protagonistas de esta poderosa historia. Fueron tomadas por el propio cazador poco antes de que su corazón se transformara definitivamente y lo modelase hasta convertirlo en un verdadero ser humano.