REPORTE 8AM

Pablo A. Cicero Alonzo

Escríbeme¿Quién soy?
Por Pablo A. Cicero Alonzo

En un naufragio, todos los adultos mueren; el mar vomita a niños y jóvenes a una isla desierta. Ahí se forman dos bandos, cuyas diferencias dan pie a una rivalidad que termina en un baño de sangre. El horror, el horror…

El señor de las moscas es un epíteto de Belcebú, uno de los príncipes del infierno. Y así se titula la novela de  William Golding que narra las desventuras de los pequeños, sanguinarios náufragos. 

Este libro se puede consultar en la biblioteca fantasma del fraccionamiento Flamboyanes; está registrado con el número 45692-V y nunca nadie lo ha leído. Nunca. Nadie. Está ahí, como otras cientas obras literarias, guardando polvo. La revivimos en este reportaje entrecomillando sus frases.  Y es que la obra de Golding guarda muchísimas similitudes con la situación en la que viven —y sobreviven— los siete mil náufragos de Flamboyanes, fraccionamiento que nació de la nada hace treinta y cuatro años. 

La semana pasada, José intentó suicidarse. Venía a Mérida, donde nació y están enterrados sus muertos. Viajaba en autobús. En la caseta de Cosamaloapan, en Veracruz, se bajó e intentó arrojarse al vacío. Para él, ya nada tenía sentido. Vivía en Estados Unidos, donde tenía trabajo estable; le enviaba regularmente dinero a su familia, sumida en la pobreza. Fue deportado la semana pasada, convirtiéndose en una de las primeras víctimas de la política migratoria de Trump. Cuando estaba a punto de terminar con su vida, volando para siempre, Eva, la jefa de Protección Civil de esa localidad, y su equipo, le convencieron que no. Lo alejaron del borde del abismo de esa depresión. El nombre completo de este suicida frustrado es José Uc Pacheco; tiene treinta y un años y vivirá para contarlo. Le hubieran bastado dos punto dos segundos para cubrir los veinticinco metros de la altura del puente que iba a ser su trampolín a la muerte. El de la agente que encabezó su rescate es Eva Leal Molina. Los medios veracruzanos publicaron este drama, que aún no tiene fina feliz. José sigue en Cosamaloapan, con un profundo, profundísimo cuadro depresivo. Dice que el sueño se tornó en pesadilla. Está a la espera que sus familiares vayan a buscarlo. Esos familiares paupérrimos que mes con mes recibían el fruto de su trabajo honrado. En la misma situación que José están miles de yucatecos. La gran mayoría que opta por trabajar en Estados Unidos es porque aquí no encontró las oportunidades para ofrecerle una vida digna a su familia; se ve obligada a cortar sus raíces y a aventurarse a lo desconocido. El trayecto a las esperanzas que se materializan en el Norte es arduo y peligroso. Muchos yucatecos han perdido la vida. Muchos han sido víctimas de robos, secuestros y violaciones. Una vez en Estados Unidos, si tienen suerte, los acogen otros familiares y amigos, a los que también nuestra tierra vomitó. Ahí viven divididos, añorando a su familia y a su tierra. El sueño americano tarda en hacerse realidad… O nunca se materializa. Ese es el caso de Luis Demetrio Góngora Pat, quien se perdió en la búsqueda del oro de una vida mejor en San Francisco. Era de Teabo y tenía cuarenta y cinco años cuando un policía de California lo mató. Semanas antes de su asesinato, vivía en la zona habitacional denominada La Misión, cercana al aeropuerto internacional de esa ciudad. De ahí fue desalojado tras no poder pagar el costo de la renta. Naufragó en la furia del capitalismo, y terminó viviendo en una casa de campaña junto a un amigo de nombre Javier Chab Dzul, también yucateco. En enero de este año fueron repatriados a México trece mil doscientas doce personas, de acuerdo con el Instituto Nacional de Migración (INM). La expulsión de mexicanos de Estados Unidos podría incrementarse hasta medio millón por año; según otro escenario catastrófico, esta cifra podría llegar a los novecientos mil anuales. Esto lo advierte un estudio elaborado para el Senado por expertos en la materia. La cacería de mexicanos se ha incrementado. En redadas relámpago son detenidos, y se les confina en pequeñas celdas durante diez días. Posteriormente, se les despacha en aviones. Durante los traslados sus muñecas y tobillos están encadenados. Como esclavos.

La novela Moby Dick respira como su protagonista. Es un leviatán, una biblia con génesis y apocalipsis; llámame Ismael, era el Raquel, de rumbo errante que, retrocediendo en busca de sus hijos perdidos, encontró sólo otro huérfano. Sin embargo, la genialidad de Herman Melville también nada ligero, en las pocas páginas de Bartleby, el escribiente; un charco océano.

Preferiría no hacerlo. Esa demoledora manifestación de intenciones trasciende a lo escrito por Melville. Sobre el protagonista, Bartleby, y su negación a hacer se han escrito tratados, conjeturas, teorías… Bartleby es un escribiente de un despacho de Wall Street, que un día cualquiera ve huir sus ganas de seguir. Congelado en la inacción, este personaje se limita a ver cómo pasa el tiempo, sin hacer nada, diciendo únicamente, como mantra, preferiría no hacerlo.

Uno de los hijos bastardos más interesantes de esta fábula de Melville es un ensayo realizado por Enrique Vila Matas, en la que pone en paredón a los escritores que, como Bartleby, tiran la pluma y simplemente dejan de publicar. Desaparecen. Se esfuman, como Rimbaud, que de niño prodigio pasó a traficante de colmillos de elefante y machetes ¿Por qué?, se pregunta Vila Matas, ¿de qué resorte, de qué engrane dependen las ganas de continuar? Yo lo sé. Porque en ocasiones envidio a Bartleby.

Por Pablo A. Cicero Alonzo
Por Pablo A. Cicero Alonzo

A veces, ni con música se puede apaciguar a las bestias. Eso lo comprendió tarde Arthur Neville Chamberlain, después de avalar que los nazis se apoderaran de los sudetes, entonces de Checoslovaquia. El entonces primer ministro británico era, eso ni dudarlo, un caballero, un sir inglés, literal. Y pensaba que trataba con iguales. Su política de apaciguamiento se vino abajo cuando, días después de darle el privilegio de la duda a Hitler, el mundo se estremeció con la blitzkreig, la guerra relámpago, truenos sobre Checoslovaquia, Polonia, Francia…

Por Pablo A. Cicero Alonzo

Que las fotos de las nalgas de Kim Kardashian sean, para los consumidores de noticias, de mayor interés que la crisis humanitaria en Siria no es algo privativo de nuestros tiempos. Tampoco lo es que una indignación artificial ocupe gran parte de los titulares electrónicos de medios alternativos en Yucatán. Es parte de nuestra naturaleza humana; es parte de nuestra miopía. Platón, cuatro siglos antes de nuestra era, definió esta tara con la alegoría de la caverna. Según el filósofo griego, nuestra percepción de la realidad se reduce a sombras de sombras.

Foto: Alejandro Poot Molina

Duro y feo. Como a veces es la vida. Bibi se ganaba la vida haciendo los trabajos que nadie quería hacer. Ya estaba viejo, y en los surcos de su rostro se podía imaginar el drama de su existencia —saber que tu familia no tiene nada para comer, que por más que hagas no podrán optar por una vida mejor, que las personas que quieres están expuestas a constantes peligros… Precisamente ahí, en esas recurrentes tristezas, consuetudinarios fantasmas, se fijó Rodin. “Tenía delante un hombre sentado tranquilamente y una cara tranquila. Era la cara de un hombre vivo y cuando la exploró estaba llena de agitación y de desorden”, relató un tal Rainer Maria Rilke, que durante varios años escribió a la sombra del escultor.
Rodin le pidió al anciano que posara para él. El artista era entonces un joven que soñaba llevar el arte a límites inimaginables. Bibi aceptó, e impávido, sin sospecharlo siquiera, se dejó inmortalizar. El escultor trabajó primero en yeso. Moldeó con fiereza las facciones de ese hombre común y corriente. Como tú. Como yo. No como ella, que no es de este mundo.
Sus manos no tuvieron compasión, no cedieron ni un ápice, como la vida misma. En sus dedos hormigueó la creación: acarició con suavidad, golpeó con odio el material inerte del que al final surgió ese rostro feo hasta la belleza. Hecho a imagen y semejanza, el escultor se atrevió igual a moldear la arcilla al séptimo día. Bibi, azaroso Adán, terminó de posar y se levantó. No dijo palabra alguna: estaba atrasado en su trabajo.
Era 1864, un año que se recordó por la crudeza de su invierno. Fue tanto el frío que resquebrajó la escultura; el roto rostro de Bibi se rompió. Cacofónica ironía, la metáfora se tornó real, cuando violentas grietas se entrecruzaron con los dulces surcos del paso del tiempo. El busto de yeso renació entonces en una máscara de hierro, inacabada, inconclusa. Ésta causó comentarios negativos cuando fue expuesta por primera vez: provocaba arcadas, repulsión: a nadie le gustaba ver cómo lucía la realidad. Dura y fea.
“Esa máscara determinó todo mi trabajo futuro; es la primera pieza de modelado que hice. Desde entonces he tratado de ver mi obra desde todos los puntos de vista y dibujarla bien en cada uno de sus aspectos. Esa máscara ha estado en mi mente en todo lo que he hecho”. Así lo confesó Rodin en los últimos párrafos de su vida, cuando ya él, también, se había convertido en inmortal.
La máscara del hombre de la nariz rota, semilla de otras obras de arte, trascendió a Bibi y a Rodin, quien cometió un tempranísimo deicidio al representar en un rostro severo a la humanidad. En 1880 se realizó un segundo modelo de bronce, el cual se exhibe en el Museo Soumaya de la Ciudad de México. Esta obra nómada sigue estrujando estómagos y desafiando miradas. Sigue recordando a quien la ve que la vida es fea y bella, dura y suave, severa y amable. Revoltijo de metales y pasiones en el que tú y yo —no ella, que no es de aquí— nos reflejamos y comprendemos mejor.
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La realidad se empeña en golpearnos. Una y otra vez. En el estómago, en el rostro. Nos quita el aliento y rompe las costillas; nos achata. Una y otra vez, con saña. A veces utiliza los puños de un tirano naranja; otras, las armas de los sicarios, el miedo de los rumores, las devaluaciones de la globalización. Cada titular que encontrarás a continuación, cada noticia, reportaje o crónica, es un gancho al hígado. Un día con suerte es cuando logramos evadir esa lluvia de puñetazos, ese llanto de balas, ese pánico de redes sociales. Concluir la jornada indemnes, vírgenes como esa arcilla que después claudicó al frío. Sin embargo, la poesía en ese repetitivo rap se encuentra, como gambusino en estado de gracia, en rostros como el de Bibi. Ahí está: Duro, feo, viejo, roto. Y tan campante. Vengan los golpes, que aguanto eso y más. Mi cuerpo es un muro, un muro de verdad, no como ese con el que la caricatura nos amenaza.
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La máscara del hombre de la nariz rota es una de las 65 piezas que conforman la exposición Impresionismo y Vanguardias, que se presenta ahora en el Centro Cultural de Mérida Olimpo. Además de esculturas Rodin, hay obras de Renoir, Vuillard, Bonnard, Guillaumin y Pissarro, entre otros.
Hay desnudos pintados por los artistas Pierre-August Renoir, Jean-Antoine Etex y Paul Delvau; retratos de mujeres de Pierre Bonnard, Francois Gall y Louis Anquetin; paisajes de Armand Guillaumin, Ernest Cheteingnon, Ferdinand du Puigadeau y Gustave Adolph Wiegand. Una galaxia.
Además, el Museo Soumaya instaló en el Olimpo la muestra Del marqués a la monja, en la Sala 1, con piezas de escultura, pintura y poesía, con 19 obras de pintura novohispana, sacra, naturaleza muerta, retratos y desnudo femenino. En la Sala 2 se exhibe Toledo-Monsiváis, del Museo del Estanquillo. Entre las obras de esta muestra se encuentran El Gato Monsiváis, Gatos con manzanas, Chango, Escorpión, Carta a Monsiváis y cuadros que hacen referencia a Benito Juárez.
El arte como bálsamo; vitacilina para la vida, abrazo, sicoanálisis gratuito --y realmente eficaz. La cultura como —verdadero— escudo.

Por Pablo A. Cicero Alonzo

Coincidiendo con el estreno de El último lobo, película del cineasta francés Jean-Jacques Annaud, publicamos esta historia de pasión y dolor, pero sobre todo de esperanza. Cuenta cómo un cazador mercenario (¡hace siglo y cuarto!) cambió su percepción del mundo y se hizo humano. Era el célebre Ernest Thompson Seton, la mejor demostración de que, en efecto, se puede.

Pablo A. Cicero AlonzoFoto tomada de la web La Jornada Maya Jueves 2 de enero, 2017 Estertores sublimes. "Mire", confesó José Saramago meses antes de morir, "yo estoy ahora como una vela cuando se queda sólo con la mecha y la llama luce mucho más viva durante un tiempo.
Pablo A. Cicero AlonzoFoto tomada de la revista New Scientist La Jornada Maya Viernes 3 de febrero, 2017 Se llamaba Foudouko. Era alto y fuerte. Muy alto y muy fuerte. Se convirtió en líder muy joven, apoyado por su lugarteniente Mamadou. El ejercicio del poder, sin embargo, transformó la personalidad de Foudouko.
Pablo A. Cicero AlonzoFoto: Vivian MaierLa Jornada Maya Miércoles 8 de febrero, 2017 Hacer de lo ordinario algo extraordinario. No es como todos los niños. Y así lo asumen sus padres. La normalidad, para ellos, alcanza otros matices, mucho más sutiles. Para ellos, la vida pasa y se acepta; la transitan como funambulistas, entre la alegría y la tristeza.
Pablo A. Cicero Alonzo Zephyranthes ciceroana, una "brujita" de República DominicanaLa Jornada Maya Jueves 9 de febrero, 2017 Itzimná es el lugar donde me siento más cómodo, donde se habla con el acento que mejor entiendo, las miradas que puedo interpretar sin equivocarme. Uno es de donde estudió la primaria, probablemente.