REPORTE 8AM

Pablo A. Cicero Alonzo

Escríbeme¿Quién soy?

La noche anterior, en silencio, se deslizó a la cama de sus padres. Tenía miedo. Inhala. Las cortinas de su cuarto se movían con la brisa y formaban extrañas figuras. Tardó en dormirse, y cuando lo hizo, esas sombras cobraron forma y se colaron en sus sueños. Despertó sobresaltada y corrió a la otra recámara; ese pequeño trayecto, de unos cuantos metros, se le hizo eterno, con aquellas sombras pisándole los talones. Su madre, aún medio dormida, le dio un beso en la frente y la abrazó fuerte, muy fuerte; inhala, exhala, le decía para calmarla; inhala, exhala. Su padre, de sueño más profundo, sólo se percató de su presencia cuando se levantó. Él, en silencio, se bañó y visitó, y cuando aún la niña dormía, la despertó con cariño. Vamos, muñeca, hora de ir a la escuela. La niña sonrió, con los ojos aún cerrados. Él le dio un beso en la mejilla y se despidió. Nos vemos en la noche, princesa. En la cocina lo esperaba su esposa, con una taza de café. Cómo pinta el día, preguntó. Tranquilo, respondió. Llevo a la niña al colegio y después tengo varios pendientes. Te esperamos en la noche. Te amo. Te amo. Él salió, sin imaginarse que su mundo, y su ciudad, se derrumbarían en pocas horas. La niña corrió a la cocina, esperando ver a su papá. Ya se fue, mi amor, pero me dijo que te diera muchos besos. La madre alzó a la pequeña y cumplió, obediente, concienzudamente, la encomienda. Ella reía y se retorcía por las cosquillas. Te amo, mamá. Y si no voy a la escuela y te acompaño hoy, sugirió, con una mirada pícara. Estoy un poquito cansada. No, tienes que ir a la escuela. Ahí te vas a sentir mejor, replicó la madre. Ya lo verás. La niña se puso su uniforme y juntas, caminando, dejaron la casa rumbo al colegio. En la puerta se despidieron; una bendición, un beso, una sonrisa. En la escuela, la pequeña se acercó a sus amigas, y comenzaron a hablar de muñecas, de caricaturas, de lo mal que se portaban los chicos de su salón. Corrían, jugaban, reían, como una parvada de palomitas. A la maestra le fue difícil que sus alumnos se concentraran e hicieran silencio. Como todos los días, les pidió que pintaran lo que habían soñado. Ella, la pequeña que había tenido miedo en la noche, decidió que no quería pintar su sueño, esas sombras siniestras que la persiguieron incluso hasta la cama de sus padres. Así que decidió pintarlos a ellos. A su padre, alto, con barba y lentes; una camisa a cuadros y un pantalón largo. A su madre, con el pelo suelto y pecas en el rostro, y un vestido amplio, color rojo. En medio de ellos, ella. Los tres con una gran sonrisa. Pintó césped y un arcoiris. Cuando se paró a mostrarle a su maestra el dibujo, se sintió mareada, que todo alrededor le daba vuelta. Cuando miró alrededor, vio a sus compañeros con caras asustadas, unos gritando, o haciendo como que gritaban; en realidad, sólo escuchaba como si algo se estuviera rompiendo, y después, un pitido. Sintió, después un golpe en la cabeza y que todo se oscurecía. Cuando volvió en sí, todo estaba oscuro a su alrededor. Inhala, exhala. Era un sitio pequeño, muy pequeño; ella estaba echa un ovillo, una roca entre las rocas. Inhala, exhala.  Le dolían un pie y la mano, y sentía la boca reseca; le ardían los ojos. Inhala, exhala. Quiso gritar, pero de su boca no salió nada, nada, nada. Inhala, exhala.  Inhala, exhala. Quiso gritar de nuevo, pero, de nuevo, de su boca sólo salió silencio. Comenzó a llorar, mamá, papá, dónde están, mamá, repetía. Mamá. Inhala, exhala. Su voz poco a poco comenzó a aflorar, y cuando se dio cuenta de ellos, intentó otra vez gritar: Ayúdenme, ayúdenme; estoy sola, no sé dónde están los demás. Inhala, exhala. El grito le rebotaba en el pequeño espacio en el que estaba encerrada, en la completa oscuridad. Ni un rayito de luz podía vencer a esa penumbra total. Inhala, exhala.  Lloró de nuevo, volvió a llamar a su madre; sentía que los ojos le ardían, que le faltaba el aire. Intentó safarse de ese abrazo de concreto, pero mientras más se movía, más le dolían el pie y los brazos. Inhala, exhala. Aún así, siguió moviéndose, lastimándose, percatándose de que era inútil. Mamá, sollozaba, hasta que se quedó de nuevo dormida. En sus sueños la visitaron de nuevo las sombras que había visto en su cuarto, y se despertó gritando, un grito que, de nuevo nadie oyó. Mamá, dónde estás; mamá, ven aquí. Inhala, exhala.  La niña tenía sed y hambre. Mucha sed y hambre. Su pancita sonaba, crujía por dentro. No podía tampoco dejar de llorar. Inhala, exhala.Cuando las lágrimas parecieron terminarse, escuchó cerca de ella como que alguien igual estaba llorando; le pareció reconocer entonces la voz de una de sus compañeras. Inhala, exhala.  Hola, gritaba; hola. Dónde estás. Inhala, exhala. Y de nuevo, únicamente el silencio le respondía. Ya no se sintió tan, tan sola; sabía, tenía la certeza de que cerca de ella había alguien. Inhala, exhala. Eso la calmó un rato, hizo que dejara de llorar y de gritar. El hambre y la sed, sin embargo, no se le quitaban. Inhala, exhala.  De vez en cuando, en esa noche larga, en esa ausencia de luz, los llantos que escuchaba a lo lejos igual cesaban, y comenzaba a escuchar entonces unas especias de arañazos, que más que tranquilizarla la paralizaron todavía más, ahora de miedo. Inhala, exhala. Tanta hambre tenía que se metió a la boca el polvo que estaba en el piso, lo que le provocó un ataque de tos; vomitó y se orinó. Inhala, exhala.  Las lágrimas secas afloraron otra vez, ahora por vergüenza; hace años que no se orinaba, ni en la cama. Se sintió una estúpida, se sintió una niña boba. Inhala, exhala.  Mamá, mamá, clamó de nuevo. Mamá, mamá, y perdió otra vez el conocimiento. Inhala, exhala. Boqueó como un pececillo fuera del agua, abría la boca pero sentía que el aire no entraba a sus pulmones, sentía que se estaba ahogando. Inhala, exhala. Inhala, exhala. Inhala, exhala. El calor era insoportable y tenía la impresión de que el sitio en el que estaba se había reducido. Seguía sin ver nada, a pesar de que sus ojos ya se habían habitado a ese mundo sin luz. Inhala, exhala. Sabía que adelante había algo que parecía una tabla alta, y que atrás su espalda estaba contra un muro áspero, que se deshacía como un polvorón. Inhala, exhala. De sus ojos salieron las últimas lágrimas; quería que ya se acabase pronto todo. El oxígeno se acabó en esa caverna de bloques. Exhala. Minutos después, se sintió un pequeño, ligerísimo soplo: el aire halló el camino y llenó de nuevo sus pulmoncitos. Además, ese viento mínimo levantó el dibujo que ella había hecho y se lo puso providencialmente en sus manos. Aún no podía ver nada, pero sabía que en ese papel estaban ella y sus papás, y se lo puso en el pecho, lo apretó, como si quisiera meterlo a su alma. Sonreía cuando de un agujero un hocico húmedo comenzó a olisquearla. Varios pares de manos comenzaron a hacer más grande lo que primero fue un minúsculo hoyo. Afuera, un hombre levantaba el puño y mil más guardaban silencio. Un silencio total. Está viva, gritó. Está viva. Exhala…

Había sido una campaña dura, intensa, pero al final, había ganado. Los diez mil votos de diferencia, un poco menos de lo que esperaba, servirían de colchón para las primeras semanas; ella estaba segura que poco a poco se iría granjeando la confianza incluso de quienes no le habían votado. Ese día estaba agotada; sólo quería llegar a su casa y platicar a solas con su esposo, como solía hacer antes de que la vorágine de la política la engullera; se los tragara. Él la había apoyado siempre, en todo, pero ahora resentía esa intimidad perdida, escondida en recóndidas memorias. Sólo quería que se acabara la ceremonia en la que le otorgaban su constancia de ganadora… Y próxima alcaldesa de la ciudad.

¿En qué momento decidí optar por la política?, le había preguntado a su esposo tiempo atrás. Cuando te diste cuenta que hacía falta gente buena que trabajara por los que menos tienen, cuando te decidiste a hacer algo, cuando la indignación no te dejaba dormir… Ni a ti ni a mí. Por eso te quiero y por eso te admiro, le dijo él.

Regresó a casa y necesitó la ayuda de su secretaria para bajar todos los regalos que le habían dado en ese día tan especial. Desde plumas hasta cuadros. Todos, muestras de cariño sincero y simpatía. Nada excesivo o caro. Pura esperanza hecha presente. Su esposo la esperaba en la cocina con una botella de vino, como solía hacer cuando estaban recién casados.  Platicaron casi hasta el amanecer. Su presencia fue un bálsamo, un remanso en esa frenética agenda que había comenzado a regir su vida desde hace meses; fue pomada, confesionario. Antes de irse a dormir, su esposo tomó uno de los regalos que le habían dado: era un sobre adornado con unas cintas, con el nombre de la futura alcaldesa escrito con cuidado, con una caligrafía preciosa. ¿Qué es esto?, preguntó. No sé, le contestó ella; ábrelo.

En el interior había un periódico, el del día en el que se dieron a conocer los resultados de la votación. En esa primera plana se leían los porcentajes con los que había vencido a su contrincante, así como las declaraciones de éste, aceptando su derrota y deseándole a la ganadora el mejor de los éxitos, «la ciudad se lo merece», dijo entonces.

La noticia estaba ilustrada por una fotografía de ella, con los brazos alzados. Detrás, cientos de sus simpatizantes, bañados en una festiva lluvia de confeti, igual levantaban las manos y gritaban de júbilo. Era una imagen que reflejaba a la perfección el triunfo obtenido. Junto con esa crónica y esa fotografía se encontraba un extenso perfil de ella. Ahí se mencionaban sus estudios y su paso por la iniciativa privada —era abogada laboral—, así como el nombre de su esposo «y primer asesor», como se le señalaba.

A ambos les encantó. Y agradecieron a esa persona anónima que recuperó el ejemplar, que por el trajín de esos días no habían podido leer. Se fueron a su recámara, agotados pero contentos. Ahí, en el cajón de la mesita de noche guardaron el sobre con el ejemplar. Sobre el mueble  había un ejemplar de «El retrato de Dorian Grey».

Fue en ese naciente día cuando todo comenzó a morir. Los primeros meses fueron difíciles, como cualquiera de cambio de poderes y de partidos; sacó fuerzas por debajo de las piedras para romper las barreras de esa administración que parecía aferrarse al pasado. Sin embargo, logró imponerse, ella y su visión y estilo. Sin embargo, poco a poco se fue enquistando en su alrededor un grupo de aduladores que comenzó a nublarle la vista y la realidad. Moscardones que la alababan sin recato, cuyos elogios se fueron convirtiendo en un velo que distorsionaba la realidad.

Se alejó de su esposo poco a poco, poco a poco, imperceptiblemente. Él no pudo hacer nada ante una mujer que comenzó a no reconocer. Cuando ella llegaba a su casa, él ya estaba durmiendo, y en los apuros del desayuno sólo tenían tiempo —y ganas— para ponerse al día en lo intrascendente. Cómo te fue, por qué te está atacando este regidor, quiénes son los beneficiarios de ese programa… Quién es ese joven con el que apareces en todas las fotografías. Las respuestas eran monosílabos, evasivos sí o no, o no te preocupes, es nada, es nadie. Y así, la erosión del día a día se convirtió en una grieta, en un abismo. Ella comenzó a preferir compañías que entonces le parecían más interesantes o determinantes para un futuro en el que se veía sola.

Los tres años de su mandato fueron un pestañeo; en su último informe anunció que estaba embarazada, como le aconsejaron sus cortesanos, que veían en ella un proyecto viable para puestos de mayor trascendencia. La relación con su esposo se convirtió en mecánica, con ese único fin: engendrar al mensaje con el que ganaría réditos a la gubernatura. Y así fue.

Cuando dio a luz, su vida pareció iluminarse de nuevo. Tuvo, al fin, tiempo para ella. Las elecciones para la gubernatura aún no se atisbaban en el horizonte, y encontró tiempo de asomarse a lo que alguna vez fue su pasado. Fue en uno de los pocos momentos que tuvieron solos cuando su esposo sacó del cajón de la mesilla de noche ese periódico que le había regalado el día en que le dieron la constancia de alcaldesa electa.

Sonrió al ver ese regalo… Un mínimo instante. La alegría se convirtió en preocupación cuando leyó el titular: «Alcaldesa deja su cargo anticipadamente». En el cuerpo de la nota se señalaba que ella había denunciado presiones de un grupo político que la estaba obligando a realizar una millonaria obra, con la que se embolsarían grandes cantidades de dinero. Se elogiaba su actitud, ya que había incluso aportado pruebas de cómo la habían tratado primero de convencer con una fracción del desvío, y después amenazado.

Ella llamó inmediatamente a su esposo y le leyó lo escrito. De quién es esta broma, le reclamó molesta. No sé, no sé, no sé, respondió él, igualmente atónito a lo que leía. Le tiró el periódico y tuvo al fin el valor de reclamarle: Es exactamente lo que no hiciste, es exactamente lo que esperaba que hicieras. Al recibir ese dinero me traicionaste a mí y, lo que es peor, a ti; a tus ideales. Sólo han bastado tres años para que conviertas en otra persona. No eres tú con la que me casé…  Abandonó entonces el cuarto, seguido por los llantos de la nena que se acababa de despertar. Ella sólo volteó el rostro y guardó de nuevo el periódico en el cajón.

En ese veleidoso diario igual se publicaba una sincera disculpa de la alcaldesa dirigida a los habitantes de su ciudad: reconocía que el poder la había alejado de sus orígenes, cegándola, ensordeciéndola… Cuántas cosas hubieran hecho o dejar de hacer si me hubiera acercado a ustedes. Ese mea culpa se refería específicamente a una polémica obra que se realizó a regañadientes de los vecinos.

La tormenta amainó y las cosas volvieron, por un decir, a la normalidad. Cuando el presidente de su partido la fue a visitar, la invitó a ser la candidata a gobernadora, algo que ella esperaba y aceptó. Su esposo guardó silencio cuando horas después le compartió su decisión. A diferencia que en las elecciones pasadas, en la de la gubernatura comenzó como la tercera opción. Ella demostró que era un animal político, una bestia electoral, y logró, a golpe de retórica, remontar.

El fin justifica los medios, le susurraban oscuros personajes; el fin justifica los medios. Y así pactó con distintas fuerzas, entre ellas la del crimen organizado. Sabía que su principal contrincante igual se había acercado a ellos, por lo que no sintió remordimiento alguno cuando le aseguró al cartel seguridad para sus familias en el estado. «Será su santuario, se los prometo». Y así dio el último paso que le faltaba para convertirse en lo que siempre criticó.

La promesa al cártel le dio los recursos que necesitaba para imponerse. Cuando obtuvo su constancia para gobernadora ya nadie la esperaba en su casa. Hacía ya tiempo que su esposo se había marchado con su hija; vivían ambos en una otra ciudad, y la visitaban de vez en cuando, muy de vez en cuando. Fue en esa soledad cuando se atrevió a leer, por tercera ocasión, el periódico que le habían regalado hace años. No le sorprendió, entonces, el titular, que de nuevo había cambiado: «Candidata a gobernadora sufre un atentado».

Leyó entonces cómo un sujeto le había disparado en uno de sus mítines. La bala se había albergado en la columna, y los médicos informaban que era poco probable que volvería a caminar; quedaría paralítica, encadenada de por vida a una silla de ruedas. Se ilustraba esa triste noticia con una fotografía de su esposo y su hija. Se les veía tristes, pero decididos a acompañarla en todo momento. «Estamos seguros de que fue el crimen organizado, ya que ella se comprometió a combatir en caso de llegar a la gubernatura», declaraba su esposo, con un orgullo evidente y sentido.  Guardó de nuevo el periódico en su cajón y se durmió enseguida, como sólo pueden dormir los corruptos, plácidamente.

No hay poder absoluto. Aunque tenía a la prensa comprada y a sus opositores amenazados, nunca más volvió a sentirse orgullosa de sí misma. Nunca más. Le vendió su alma al diablo, y vio que los favores solicitados en el pasado se cobraban a precios muy altos. Demasiado altos. Así fue cuando delante de ella vio cómo asesinaban a su esposo. Lo golpearon hasta que la mano del sicario comenzó a sangrar, y fue entonces cuando le dispararon dos tiros: uno en el pecho y otro en la frente. Así lo vio. Y gritó, y les dijo que ellos eran sus amos, que ella era su esclava; que por favor, que por amor de Dios, no le hicieran nada a su hija; que la mataran a ella, pero que no le hicieran nada a su hija…

Los sicarios asintieron cuando les pidió sacar unos documentos de su cuarto. Tal vez pensaron que se trataba de dinero o joyas, qué más podría ofrecer una condenada a muerte. Fue entonces cuando rompió con furia ese periódico, ese maldito periódico. Antes de salir a encontrarse con sus verdugos, se arrellanó en el sillón. Y fue así cuando comenzaron a entumirse sus piernas, sintió una marabunta de hormigas subir de sus pies a sus caderas. Cerró los ojos por un instante, y cuando los abrió, vio a su esposo dormir plácidamente. Ella se le quedó mirando y supo al fin que todo había sido un sueño; un mal sueño, que la realidad se albergaba en ese papel que acababa de hacer tiras. No pudo caminar hacia la habitación de su hija, no pudo, pero sabía que ella en cualquier momento llegaría al cuarto y le diría, una y mil veces, mamá, mamá, mamá, mamá…

-Esta narración, que calificaría como un híbrido entre cuento y columna política, le debe, claro, a Oscar Wilde, a Neil Gaiman y a Alejandro Cervera, quien hoy se estrena como ilustrador en este periódico, que comenzó a soñar desde que estaba en el Hemisferio Sur. 

Pablo A. Cicero Alonzo

Ir en contra eleva el espíritu, dictaba cátedra en verso Raúl Renán. Entumidos en la suavidad y calidez del rebaño, confortablemente entumidos, leíamos esas palabras y nos imaginábamos el sesenta y ocho. Pero esas guías, que titilan provenientes de ese súpernova que ya se extinguió, no se referían, testarudas y nostálgicas, al pasado, sino al presente y al futuro.

Hay que vacunarnos contra socavones. Hemos sido testigos de cómo la corrupción ya no sólo depreda; también asesina. Dos hombres, padre e hijo, murieron cuando su automóvil transitaba por una carretera que fue anunciada con bombo y platillo. La verdad, en este caso dolorosa y cruel, salió a la luz en forma de un gigantesco hoyo que se engulló a los desafortunados. El fétido eructo fue la certeza de un trabajo mal hecho, que sirvió para que unos cuantos ingresaran más millones a sus ya obesas cuentas bancarias. Ante esa grieta de credibilidad, las autoridades responsables han dado excusas inverosímiles, pensando que los balidos de las ovejas se callarían, como ha sucedido con anterioridad. Esos balidos se han tornado en gritos y críticas, muy bien articuladas. A golpe de indignación, nuestros grilletes se han roto. Ahora que somos un poco más libres que ayer, es momento de empujar un cambio, de hallar la playa debajo el asfalto de la corrupción.  Nuestras quejas se han silenciado con distintos, diversos bozales. Cuando no es con mentiras es con violencia. Hasta ahora, la gran mayoría de los actos de autoridad nos han restado importancia, ya no como ciudadanos, sino como seres humanos. Los agujeros negros de la corrupción succionaban nuestra capacidad de asombro, arropándonos en la oscuridad del cinismo y la desidia. Hace unos días, un ministro tuvo la oportunidad de abrir una caja de Pandora con la que le restaría poder a los alcaldes; un fallo-kriptonita para el absolutismo municipal. Le faltaron -o sobraron- razones para no hacerlo.  En esta coyuntura en la que la ciudad abandona la crisálida de aldea y se torna en mariposa metropolitana es necesario que sus habitantes asumamos esa responsabilidad. En nuestras manos se moldea el futuro, y ya sólo de nosotros depende que éste sea oscuro o brillante.  Esta disyuntiva coincide cuando distintas acciones pasadas se juzgan en el presente. Con la incertidumbre de cuánto se tendrá que pagar por las luces apagadas y cómo, y con una amnesia selectiva provocada más por los golpes de ego que por la arremetida de matarifes, hay que recordarles a nuestras autoridades que el dinero que gastan en muchas ocasiones de manera discrecional es nuestro. Tarde o temprano, socavones se abren a nuestros pies y nos recuerdan la corrupción de quienes dicen gobernarnos. Podrán intentar, como siempre lo hacen, rellenar esos agujeros con mentiras u olvido. Y es ahí cuando nosotros debemos quitar esos adoquines de falsedades y hallar la arena con la que se construyen los castillos de la ciudadanía.

Por Pablo A. Cicero Alonzo

En un naufragio, todos los adultos mueren; el mar vomita a niños y jóvenes a una isla desierta. Ahí se forman dos bandos, cuyas diferencias dan pie a una rivalidad que termina en un baño de sangre. El horror, el horror…

El señor de las moscas es un epíteto de Belcebú, uno de los príncipes del infierno. Y así se titula la novela de  William Golding que narra las desventuras de los pequeños, sanguinarios náufragos. 

Este libro se puede consultar en la biblioteca fantasma del fraccionamiento Flamboyanes; está registrado con el número 45692-V y nunca nadie lo ha leído. Nunca. Nadie. Está ahí, como otras cientas obras literarias, guardando polvo. La revivimos en este reportaje entrecomillando sus frases.  Y es que la obra de Golding guarda muchísimas similitudes con la situación en la que viven —y sobreviven— los siete mil náufragos de Flamboyanes, fraccionamiento que nació de la nada hace treinta y cuatro años. 

La semana pasada, José intentó suicidarse. Venía a Mérida, donde nació y están enterrados sus muertos. Viajaba en autobús. En la caseta de Cosamaloapan, en Veracruz, se bajó e intentó arrojarse al vacío. Para él, ya nada tenía sentido. Vivía en Estados Unidos, donde tenía trabajo estable; le enviaba regularmente dinero a su familia, sumida en la pobreza. Fue deportado la semana pasada, convirtiéndose en una de las primeras víctimas de la política migratoria de Trump. Cuando estaba a punto de terminar con su vida, volando para siempre, Eva, la jefa de Protección Civil de esa localidad, y su equipo, le convencieron que no. Lo alejaron del borde del abismo de esa depresión. El nombre completo de este suicida frustrado es José Uc Pacheco; tiene treinta y un años y vivirá para contarlo. Le hubieran bastado dos punto dos segundos para cubrir los veinticinco metros de la altura del puente que iba a ser su trampolín a la muerte. El de la agente que encabezó su rescate es Eva Leal Molina. Los medios veracruzanos publicaron este drama, que aún no tiene fina feliz. José sigue en Cosamaloapan, con un profundo, profundísimo cuadro depresivo. Dice que el sueño se tornó en pesadilla. Está a la espera que sus familiares vayan a buscarlo. Esos familiares paupérrimos que mes con mes recibían el fruto de su trabajo honrado. En la misma situación que José están miles de yucatecos. La gran mayoría que opta por trabajar en Estados Unidos es porque aquí no encontró las oportunidades para ofrecerle una vida digna a su familia; se ve obligada a cortar sus raíces y a aventurarse a lo desconocido. El trayecto a las esperanzas que se materializan en el Norte es arduo y peligroso. Muchos yucatecos han perdido la vida. Muchos han sido víctimas de robos, secuestros y violaciones. Una vez en Estados Unidos, si tienen suerte, los acogen otros familiares y amigos, a los que también nuestra tierra vomitó. Ahí viven divididos, añorando a su familia y a su tierra. El sueño americano tarda en hacerse realidad… O nunca se materializa. Ese es el caso de Luis Demetrio Góngora Pat, quien se perdió en la búsqueda del oro de una vida mejor en San Francisco. Era de Teabo y tenía cuarenta y cinco años cuando un policía de California lo mató. Semanas antes de su asesinato, vivía en la zona habitacional denominada La Misión, cercana al aeropuerto internacional de esa ciudad. De ahí fue desalojado tras no poder pagar el costo de la renta. Naufragó en la furia del capitalismo, y terminó viviendo en una casa de campaña junto a un amigo de nombre Javier Chab Dzul, también yucateco. En enero de este año fueron repatriados a México trece mil doscientas doce personas, de acuerdo con el Instituto Nacional de Migración (INM). La expulsión de mexicanos de Estados Unidos podría incrementarse hasta medio millón por año; según otro escenario catastrófico, esta cifra podría llegar a los novecientos mil anuales. Esto lo advierte un estudio elaborado para el Senado por expertos en la materia. La cacería de mexicanos se ha incrementado. En redadas relámpago son detenidos, y se les confina en pequeñas celdas durante diez días. Posteriormente, se les despacha en aviones. Durante los traslados sus muñecas y tobillos están encadenados. Como esclavos.

La novela Moby Dick respira como su protagonista. Es un leviatán, una biblia con génesis y apocalipsis; llámame Ismael, era el Raquel, de rumbo errante que, retrocediendo en busca de sus hijos perdidos, encontró sólo otro huérfano. Sin embargo, la genialidad de Herman Melville también nada ligero, en las pocas páginas de Bartleby, el escribiente; un charco océano.

Preferiría no hacerlo. Esa demoledora manifestación de intenciones trasciende a lo escrito por Melville. Sobre el protagonista, Bartleby, y su negación a hacer se han escrito tratados, conjeturas, teorías… Bartleby es un escribiente de un despacho de Wall Street, que un día cualquiera ve huir sus ganas de seguir. Congelado en la inacción, este personaje se limita a ver cómo pasa el tiempo, sin hacer nada, diciendo únicamente, como mantra, preferiría no hacerlo.

Uno de los hijos bastardos más interesantes de esta fábula de Melville es un ensayo realizado por Enrique Vila Matas, en la que pone en paredón a los escritores que, como Bartleby, tiran la pluma y simplemente dejan de publicar. Desaparecen. Se esfuman, como Rimbaud, que de niño prodigio pasó a traficante de colmillos de elefante y machetes ¿Por qué?, se pregunta Vila Matas, ¿de qué resorte, de qué engrane dependen las ganas de continuar? Yo lo sé. Porque en ocasiones envidio a Bartleby.

Por Pablo A. Cicero Alonzo

A veces, ni con música se puede apaciguar a las bestias. Eso lo comprendió tarde Arthur Neville Chamberlain, después de avalar que los nazis se apoderaran de los sudetes, entonces de Checoslovaquia. El entonces primer ministro británico era, eso ni dudarlo, un caballero, un sir inglés, literal. Y pensaba que trataba con iguales. Su política de apaciguamiento se vino abajo cuando, días después de darle el privilegio de la duda a Hitler, el mundo se estremeció con la blitzkreig, la guerra relámpago, truenos sobre Checoslovaquia, Polonia, Francia…

Pablo A. Cicero Alonzo

Minutos después de que un pelotón me comenzara a fusilar con preguntas sobre mi permanencia en este periódico, recordé aquella mañana remota en la que entré por primera vez en una redacción. Mérida era entonces una aldea, y el oficio olía a tinta y plomo. Los que hoy tienen calvas como huevos prehistóricos, peinaban abundantes cabelleras.

Por Pablo A. Cicero Alonzo

Que las fotos de las nalgas de Kim Kardashian sean, para los consumidores de noticias, de mayor interés que la crisis humanitaria en Siria no es algo privativo de nuestros tiempos. Tampoco lo es que una indignación artificial ocupe gran parte de los titulares electrónicos de medios alternativos en Yucatán. Es parte de nuestra naturaleza humana; es parte de nuestra miopía. Platón, cuatro siglos antes de nuestra era, definió esta tara con la alegoría de la caverna. Según el filósofo griego, nuestra percepción de la realidad se reduce a sombras de sombras.

Foto: Alejandro Poot Molina

Duro y feo. Como a veces es la vida. Bibi se ganaba la vida haciendo los trabajos que nadie quería hacer. Ya estaba viejo, y en los surcos de su rostro se podía imaginar el drama de su existencia —saber que tu familia no tiene nada para comer, que por más que hagas no podrán optar por una vida mejor, que las personas que quieres están expuestas a constantes peligros… Precisamente ahí, en esas recurrentes tristezas, consuetudinarios fantasmas, se fijó Rodin. “Tenía delante un hombre sentado tranquilamente y una cara tranquila. Era la cara de un hombre vivo y cuando la exploró estaba llena de agitación y de desorden”, relató un tal Rainer Maria Rilke, que durante varios años escribió a la sombra del escultor.
Rodin le pidió al anciano que posara para él. El artista era entonces un joven que soñaba llevar el arte a límites inimaginables. Bibi aceptó, e impávido, sin sospecharlo siquiera, se dejó inmortalizar. El escultor trabajó primero en yeso. Moldeó con fiereza las facciones de ese hombre común y corriente. Como tú. Como yo. No como ella, que no es de este mundo.
Sus manos no tuvieron compasión, no cedieron ni un ápice, como la vida misma. En sus dedos hormigueó la creación: acarició con suavidad, golpeó con odio el material inerte del que al final surgió ese rostro feo hasta la belleza. Hecho a imagen y semejanza, el escultor se atrevió igual a moldear la arcilla al séptimo día. Bibi, azaroso Adán, terminó de posar y se levantó. No dijo palabra alguna: estaba atrasado en su trabajo.
Era 1864, un año que se recordó por la crudeza de su invierno. Fue tanto el frío que resquebrajó la escultura; el roto rostro de Bibi se rompió. Cacofónica ironía, la metáfora se tornó real, cuando violentas grietas se entrecruzaron con los dulces surcos del paso del tiempo. El busto de yeso renació entonces en una máscara de hierro, inacabada, inconclusa. Ésta causó comentarios negativos cuando fue expuesta por primera vez: provocaba arcadas, repulsión: a nadie le gustaba ver cómo lucía la realidad. Dura y fea.
“Esa máscara determinó todo mi trabajo futuro; es la primera pieza de modelado que hice. Desde entonces he tratado de ver mi obra desde todos los puntos de vista y dibujarla bien en cada uno de sus aspectos. Esa máscara ha estado en mi mente en todo lo que he hecho”. Así lo confesó Rodin en los últimos párrafos de su vida, cuando ya él, también, se había convertido en inmortal.
La máscara del hombre de la nariz rota, semilla de otras obras de arte, trascendió a Bibi y a Rodin, quien cometió un tempranísimo deicidio al representar en un rostro severo a la humanidad. En 1880 se realizó un segundo modelo de bronce, el cual se exhibe en el Museo Soumaya de la Ciudad de México. Esta obra nómada sigue estrujando estómagos y desafiando miradas. Sigue recordando a quien la ve que la vida es fea y bella, dura y suave, severa y amable. Revoltijo de metales y pasiones en el que tú y yo —no ella, que no es de aquí— nos reflejamos y comprendemos mejor.
***
La realidad se empeña en golpearnos. Una y otra vez. En el estómago, en el rostro. Nos quita el aliento y rompe las costillas; nos achata. Una y otra vez, con saña. A veces utiliza los puños de un tirano naranja; otras, las armas de los sicarios, el miedo de los rumores, las devaluaciones de la globalización. Cada titular que encontrarás a continuación, cada noticia, reportaje o crónica, es un gancho al hígado. Un día con suerte es cuando logramos evadir esa lluvia de puñetazos, ese llanto de balas, ese pánico de redes sociales. Concluir la jornada indemnes, vírgenes como esa arcilla que después claudicó al frío. Sin embargo, la poesía en ese repetitivo rap se encuentra, como gambusino en estado de gracia, en rostros como el de Bibi. Ahí está: Duro, feo, viejo, roto. Y tan campante. Vengan los golpes, que aguanto eso y más. Mi cuerpo es un muro, un muro de verdad, no como ese con el que la caricatura nos amenaza.
***
La máscara del hombre de la nariz rota es una de las 65 piezas que conforman la exposición Impresionismo y Vanguardias, que se presenta ahora en el Centro Cultural de Mérida Olimpo. Además de esculturas Rodin, hay obras de Renoir, Vuillard, Bonnard, Guillaumin y Pissarro, entre otros.
Hay desnudos pintados por los artistas Pierre-August Renoir, Jean-Antoine Etex y Paul Delvau; retratos de mujeres de Pierre Bonnard, Francois Gall y Louis Anquetin; paisajes de Armand Guillaumin, Ernest Cheteingnon, Ferdinand du Puigadeau y Gustave Adolph Wiegand. Una galaxia.
Además, el Museo Soumaya instaló en el Olimpo la muestra Del marqués a la monja, en la Sala 1, con piezas de escultura, pintura y poesía, con 19 obras de pintura novohispana, sacra, naturaleza muerta, retratos y desnudo femenino. En la Sala 2 se exhibe Toledo-Monsiváis, del Museo del Estanquillo. Entre las obras de esta muestra se encuentran El Gato Monsiváis, Gatos con manzanas, Chango, Escorpión, Carta a Monsiváis y cuadros que hacen referencia a Benito Juárez.
El arte como bálsamo; vitacilina para la vida, abrazo, sicoanálisis gratuito --y realmente eficaz. La cultura como —verdadero— escudo.

Por Pablo A. Cicero Alonzo

Coincidiendo con el estreno de El último lobo, película del cineasta francés Jean-Jacques Annaud, publicamos esta historia de pasión y dolor, pero sobre todo de esperanza. Cuenta cómo un cazador mercenario (¡hace siglo y cuarto!) cambió su percepción del mundo y se hizo humano. Era el célebre Ernest Thompson Seton, la mejor demostración de que, en efecto, se puede.

Pablo A. Cicero AlonzoFoto tomada de la web La Jornada Maya Jueves 2 de enero, 2017 Estertores sublimes. "Mire", confesó José Saramago meses antes de morir, "yo estoy ahora como una vela cuando se queda sólo con la mecha y la llama luce mucho más viva durante un tiempo.