Prácticas de tiro

En todo el campo que se ve desde la colina no hay nada verde. El peso de las espigas que ya deberían estar cosechadas a esas alturas de agosto dobla los trigos ralos, y las encinas de La Carrascosa parecen estar fosilizadas por el polvo. Es mediodía y ni siquiera los muros de adobe del caserío en ruinas allá abajo dan sombra. El cabo Raúl Cascos recorre el horizonte con los prismáticos, es su trabajo. Los prismáticos se detienen.

En el camino de la fuente se ven tres figuras. Un hombre alto, una mujer baja y un perro grande, susurra Raúl. Guarda los prismáticos en la funda que le cuelga del costado y echa a andar hacia el coche. Al hacerlo, pisa un escarabajo que se arrastra por la cuneta. Entra en el todoterreno y lo arranca. Conduciendo con las puntas de los dedos, el volante arde, se dirige hacia el camino de la fuente cortando por Casamala, por si quieren escapar por allí.

Acelera al llegar cerca de ellos, preparando su discurso. Esto es propiedad del Ejército, enséñenme sus carnés, lo normal. Pero no son un hombre alto, una mujer baja y un perro grande. La distancia le ha engañado a través de los prismáticos. Son un viejo, una niña y un perro que no levanta dos palmos del suelo. Raúl para el coche levantando una polvareda que les cubre antes de aplastarse contra el suelo. Recoge su rifle y echándoselo al hombro, se acerca. Buenos días, sabe usted que esto es propiedad estatal, Raúl interpreta su papel.

—Sí, perdone, verá, es que quise enseñarle a la niña la Fuente, sabe…

—La Fuente está dentro de los terrenos de un campo de tiro propiedad del Ejército, en los que está prohibido entrar. Permítame su carné de identidad.

—Sí, claro, pero vea que no era con mala intención, sólo quería que ella viera la Fuente.

Apoyándose en el capó del coche, Raúl Cascos rellena la ficha de identificación cuidando de no apoyar las manos en la chapa. Dígame el nombre de la niña, firme aquí. La mano del hombre tiembla al escribir su nombre, trabajosamente, en el espacio para la firma.

—Pero hombre, ¿no ve que no se puede andar por ahí con este calor? Venga, venga, les voy a llevar a Pozuelos del Rey.

—Se lo agradezco mucho, porque vea que la niña ya no puede casi andar. Lleva quejándose un buen trecho, y yo, ya me ve, no estoy para llevarla en brazos. Con lo que era yo, en mis tiempos, ya ve.

Suben todos al coche, la niña y el perro detrás, el viejo al lado de Raúl. Se inclina sobre él para enseñarle dónde se baja la ventanilla y huele su sudor.

—Pues traje a la niña a ver la fuente porque no ven nada de campo, los niños de ahora. Vea que cuando me la dejaron sus padres para que pasara el verano, ni siquiera sabía que la leche salía de las vacas. Estos padres modernos… —su mirada se pierde en el horizonte mientras la niña le explica al perro, Rufo se llama, que le duelen los pies. Raúl conduce en silencio.

—Es que sus padres… en fin, a usted esto ni le va ni le viene, pero vea, son mala gente. Se lo digo yo, que fíjese, si usted supiera… —Raúl le mira por un momento, y los hombros se le relajan al preguntar que si la mujer del viejo no ha dicho nada de salir a pasear con este calor. Los ojos del viejo se humedecen y Raúl gira rápido la cabeza, frunciendo los labios y fijando la vista en el camino.

—Verá, siempre están ocupados, y cuando no lo están, como ahora en vacaciones, se van con sus amigotes y dejan a la pobre criatura aquí, conmigo. No son buenos padres. Nosotros podríamos haberlo sido, pero… —Raúl ve de reojo la mano con que espanta el aire, que tiembla al volver al regazo del viejo— pero me casé tarde para los hijos, perra suerte.

—Pues creí que era su nieta —dice Raúl, apagándose la voz según habla.

—No, por dios, es hija de mi sobrina. Mi hermana, que ya murió, sí que tuvo una hija, pero yo… yo he estado toda mi vida aquí, en el pueblo, y nunca me casé. Cuando murió María, mi hermana, mis sobrinos decidieron que yo tenía que ir a un asilo, a la ciudad, que aquí no estaba bien. Pues entonces no he estado bien nunca, dije yo, porque no conozco otra cosa, pero nada. Me llevaron al asilo… y vea, entonces pensé que dios quiso que mis sobrinos me hicieran un favor. Allí intentaban que lo pasáramos bien, organizaban baile y concursos de petanca y de mus. Y como ganaba siempre a la petanca, pues conocí a Sagrario. Mire, vea la foto, la llevo siempre, a que es guapa —Raúl aparta la vista del camino para observar la foto, temblorosa en las manos del viejo, de una mujer de como sesenta años, una foto con ese halo ovalado que ponían los fotógrafos a los retratos antiguos. Raúl observa que la foto está gastada de la cartera del viejo, pero no tiene el color sepia de las del álbum familiar— cómo rabiaban los otros, el Matías y el Chano, cuando empezamos a ir juntos a los bailes. Vea lo que son las cosas…

Raúl aprieta el volante con las dos manos, o ya no quema o él se ha acostumbrado. El viejo mira el horizonte por su ventanilla, y Raúl calla. La niña peina con los dedos las greñas de Rufo y le echa piropos, guapo, guapo.

—Cuando lo pienso ahora, creo que habría sido mejor que me hubiera muerto sin saber lo que era eso, sabe. Sagrario y yo nos casamos, hemos estado casados dos años y un mes. Yo tenía setenta y tres y ella sesenta y siete, sabe. No es justo, mire —la voz se va quebrando y Raúl va notando cómo sus manos van apretando el volante— estuvimos juntos dos años y un mes que recuerdo mejor que los setenta y tres anteriores. Y un día, se me murió en la cama, durmiendo, la pobre.

Raúl traga saliva marcando mucho el gesto, gira un poco la cabeza y mira al viejo. Le escurren lágrimas que a Raúl le recuerdan a cuando empieza a llover y las primeras gotas bajan por los troncos de las encinas arrastrando el polvo. La niña se ha callado en el asiento de atrás.

—Así son las cosas, vea usted. Me desperté con una sensación rara, porque había dormido de un tirón toda la noche, suelo levantarme un par de veces cada noche, ya sabe, la próstata. Esa noche no me levanté al baño ni una vez, y cuando me desperté le dije: Sagrario, qué, ¿nos levantamos? Y no me contestaba y entonces le aparté el pelo de la cara y ahí estaba, fría, se me había muerto por la noche, sin enterarnos. Eso fue hace quince días, sabe, y después de enterrarla me despedí del Matías y del Chano y me vine, para qué seguir allí. Así que me he venido al pueblo y a los sobrinos sólo se les ocurre mandar a la niña aquí, conmigo, me han dicho que para que no esté sólo. Habrán pensado que así mataban dos pájaros de un tiro, la niña y yo. Vea qué papel, un viejo y una niña aquí juntos y solos un mes, estarán orgullosos.

Al pasar la Cuesta de las Perdices vieron las primeras casas del pueblo, todas menos tres o cuatro abandonadas, derrumbándose. Raúl llegó hasta donde la Calle Mayor empezaba a tener soportales y frenó arrimándose a ellos. Volvió a inclinarse sobre el viejo para abrirle la puerta, tampoco sabía hacerlo, y cuando los tres hubieron salido del coche preguntó a través de la ventanilla abierta:

—Y entonces, ¿para qué ha vuelto al pueblo, abuelo? —el anciano se volvió y se le quedó mirando, la niña agarrada a su mano izquierda, la otra caída junto a su muslo como un pájaro muerto, el perrucho meando una de las columnas del soportal y formando un reguero de barro sucio en el polvo del suelo. Miró los ojos del viejo, ahora secos como el adobe que le hacía de fondo, y de repente hurtó la mirada de la cara del viejo que ya tomaba aire para contestar, metió la primera y arrancó derrapando, el motor rugiendo. Pensó que, aunque supiera qué iba a decir, prefería no haber oído la respuesta del viejo.