Los turistas

He estado todo el día paseando, evitando coger el tranvía. No quiero perder la pureza de la sensación de esta noche. Lo que sí he hecho ha sido pararme a observar detalladamente el recorrido. Y es mucho mejor de lo que decían en el Club. Los niños están allí, siempre están allí.

Tengo incluso unas notas. Sea en el sentido que sea, lo tengo visto. Visto y calibrado. Se dónde están los peligros, los puntos más peligrosos, incluso he ido imaginando cómo queda el trayecto con coches o furgonetas (dios mío, furgonetas) en este o ese otro sitio. Lo conozco, sea entre la Rua da Madalena y la Praça, o en la Rua das Escolas Gerais. Cualquiera de los dos tramos va a ser impresionante. Uno, por rápido. El otro, por estrecho.
No puedo evitar mirar quién está al mando del tranvía cada vez que lo veo. Y lo veo muchas veces, seguro. La línea veintiocho recorre el Barrio Alto, la Baixa y Alfama, o sea las zonas en las que un turista se supone que debe estar en este horrible verano lisboeta. Y cada vez que veo que no es Joao da Silva, no puedo evitar suspirar de alivio, aunque sé que esta semana está en el turno de tarde, de las cuatro a medianoche, en el sitio adecuado. Ese es el asunto en todo esto, estar en el sitio adecuado en el momento justo. Cuánto hemos discutido sobre eso en el Club.
Después he ido a verle, a Joao da Silva. Le he visto levantarse y desayunar. Desayuna poco, pero creo que eso es normal aquí. No debo preocuparme por detalles como ese, pero no puedo evitarlo. Es tan delicado el suceso, tiene que coincidir todo con tal precisión, que no puedo evitar fijarme en los más nimios detalles. Le he seguido cuando ha bajado a comprar el pan, y ahí me lo ha hecho pasar mal. Se ha encontrado con unos amigos y han empezado a charlar, y luego a discutir de política o de fútbol, no lo sé. Creí que no se iba nunca a casa. Ha sido angustioso, me ha recordado el espectáculo de Madagascar, en el noventa y tres, cuando el capataz del grupo de niños buceadores se puso enfermo la noche anterior. Creí que me quedaba sin función, suerte que su madre le dio no sé qué remedio casero, me dijeron que murió tres días después, pero para el espectáculo estaba allí, tan violento como siempre.
El caso es que al final ha rechazado la partida de dominó y se ha ido a casa a comer. Si se hubiera quedado, dice la guía que habría comido tarde, no habría dormido siesta y entonces, durante su turno al mando del tranvía, hubiera estado soñoliento y pacífico. Es lo que tiene este calor, puede producir los comportamientos más extremadamente opuestos; bien dormido, una fuerte agresividad; sin su sagrada siesta, una apatía rayana en el letargo. Por suerte no ha sido así. Y lo mejor de todo es que durante la comida ha discutido con su mujer. No sé por qué, porque la sopa estaba fría o por dineros de la casa, no lo sé. Pero con los prismáticos he visto, por la ventana de su comedor, hinchársele las venas del cuello y saltar el vaso con el puñetazo que ha dado en la mesa. Me gusta eso de Lisboa, de Alfama. Estás en un parque y puedes verle a tu mismo nivel, con los prismáticos, por las ventanas de su casa en un cuarto piso. No como en Belfast, que para ver a John Kirkpatrick el día que se volvió loco y mató a sus hijos tenías que subir a escondidas a la azotea del edificio de enfrente.
Va acercándose la hora. Me consume la impaciencia, pero no puedo hacer más que esperar.
He subido al tranvía en el primer recorrido de Joao Da Silva, a las cuatro, sólo para ver cómo estaba. Utiliza el timbre tanto como de costumbre, o sea casi de continuo. El caos de la circulación en Lisboa es tan mortificador, tan enervante. Otro buen síntoma es que se ha cruzado con un compañero, dice la guía que un tal Telmo Prades, con el que discutió hace tiempo por un asunto sindical, y le ha saludado con un gesto obsceno y murmurando algo, supongo que algo como jódete o así. Eso está bien, que se vaya calentando. He bajado en la Praça, donde están los niños.
Ahora no podría separarme de la Praça, por más que lo intentase. Los niños andan por aquí, jugando al balón y fumando cigarros pedidos o robados. Dentro de poco empezarán el juego. Dios, no puedo con la impaciencia. He dado un último paseo por el trayecto. Mirando desde la Baixa, empieza con una fuerte cuesta, con una única curva peligrosa, como dicen los apuntes de la agencia del Club. Es al rodear la Sé, donde queda la esquina de piedra muy cerca y además un cambio de agujas. Yo anoté esta mañana que puede ser aun más peligrosa si baja un coche, porque entonces el tranvía tiene que dar un frenazo. Puede ser un buen trayecto desde la Praça hacia abajo, en dirección hacia la Baixa, porque hay pendientes de más del treinta por ciento, y la velocidad puede ser tremenda. Luego sube hasta la Praça, y después es cuando va mi parte favorita del recorrido. Por Dios, espero que sea ahí donde suceda, en la Rua das Escolas Gerais.
Tengo dos folios de notas sobre esa parte, tan encaramada en las laderas del castillo, porque los peligros ahí son continuos. Hay cuatro curvas cerradas, un semáforo, tres cambios de agujas y más de setenta metros de ruta donde quedan menos de veinte centímetros entre el tranvía y las paredes de las casas. El corazón de Alfama. Y eso, sin contar los coches o (prefiero ni pensarlo) las furgonetas. Casi junto al semáforo había una Traffic aparcada. He esperado a que pasara el tranvía, y he deseado no anhelar que siga ahí esta noche, dentro de un rato; le pasa a menos de cinco centímetros, es impresionante.
He cenado muy cerca, en el Grelhalfama, en plena Rua das Escolas Gerais, a treinta metros del semáforo. La comida es tan buena como dicen los apuntes de la agencia del Club, y resulta agradablemente perturbador, erótico diría, que al cantante que pone los fados en directo a la cena deje de oírsele cada vez que pasa el tranvía, tan cerca de esa puerta que tiene que estar abierta para que corra algo de aire en el local. La temperatura me recuerda la de los talleres clandestinos de Pakistán, donde te sentabas discretamente en la oficina del gerente, tras los telares, y sudabas durante horas hasta que el aparato atrapaba el brazo de aquel niño-esclavo despistado, Sehir al Fatwa (¿por qué recuerdo el nombre?). Al acabar de cenar, a las diez, he pagado con un cheque de viaje de la agencia. El dueño del restaurante, tan atento y risueño como ha demostrado estarlo durante toda la cena, ha leído el pagador: “Agencia de Viajes del Club Neophron. Londres”. Me ha preguntado por Mr. Parker y Mr. Samuels, los alias que usan John y Jerry en sus excursiones con el Club. Estuvieron aquí en el noventa y cuatro y noventa y seis, respectivamente. Eso demuestra su buena memoria, si bien es cierto que puede justificarse esa calidad con la de los cheques que vamos dejando por el mundo. El Club no es para cualquiera, obviamente.
Por cierto, que Jerry demuestra otra vez que habla demásiado, porque el hombre me ha preguntado, en su esfuerzo por ser amable, que si yo, como Mr. Parker y Mr. Samuels, también me marcharé mañana. Aunque mi empresa no puede esperar más, he contestado que no, para evitar cualquier relación con el Club. No creo que ese gordinflón grasiento sea capaz de relacionar mi estancia hoy aquí con la noticia de mañana en los periódicos. Además, esto no es como Londres, aquí un niño muerto no aparece en primera página. Pero nunca se toman precauciones excesivas, como siempre dicen los de la agencia en las charlas que dan en el Club antes de cada temporada de viajes. He dejado caer, para despistar, un par de indirectas sobre las prostitutas lisboetas y le he pedido, en una muestra de confianza, que no mencionara mi presencia si aparecía alguna vez otro miembro del Club; y he salido, acompañado por las sonrisas y promesas de eterno silencio del gordinflón. Prefiero que piense que soy un turista sexual a espaldas de su esposa y amigos. Para el Club es más seguro. Pero estos asuntos menores me han desconcentrado por poco tiempo. El que he tardado en cerrar la puerta del Grelhalfama y darme la vuelta. La Traffic sigue ahí.
Qué salto de los nervios en el estómago, qué descarga de adrenalina. Si tiene que suceder, sucederá ahí. Ahora lo sé, esa certeza, ese encajar de las piezas es maravilloso. ¿Habrán previsto esto en la agencia, será esa la razón de que me hayan enviado precisamente para esta noche? Sé que la agencia del Club maneja más datos sobre vidas de personas y mejores sistemás de análisis que la mayoría de las policías del mundo, bien caro que nos cuesta; pero se me antoja excesivo que supieran que esa furgoneta iba a estar precisamente ahí, precisamente hoy, el día en que Joao da Silva está especialmente frustrado y en el turno de tarde, una noche de verano en que los niños de Alfama juegan hasta tarde en la calle, con el tranvía.
Por fin, aquí estoy, en la parada de la Praça. Aquí estamos todos, preparados. El escenario, la tramoya, los protagonistas, los extras, el público que soy yo. Solo falta la chica, pero esa es mejor que no esté, ablandaría el espectáculo. Además, presenciar algo como esto, formar parte de esta confluencia imposible, es un privilegio que Margaret, por ejemplo, no podría comprender. Por eso no hay mujeres en el Club. Qué increíble, qué fascinante es dotar de sentido al caos, crear un por qué para los hechos. Todo lo que la madre del niño muerto no entenderá mañana, tendrá sentido para mi. El incomprensible y fatal accidente que será una noticia de la sección de sucesos de mañana en los periódicos, habrá ocurrido para mí, para que yo lo presenciara. Estoy seguro, va a suceder así: Joao da Silva conducirá el tranvía normalmente, impaciente por acabar el turno, hasta más de las once. Más o menos a esa hora, los niños empezarán el juego. Consiste en sujetarse a la puerta de atrás del tranvía y viajar en el pequeño escalón que tiene por fuera, agarrados a las junturas de la puerta o al marco de la última ventana, en un equilibrio precario pero relativamente seguro. Es una práctica habitual en niños y no tan niños de Alfama, que no han visto junto en su vida el dinero que cuesta el pasaje. Pero por la noche, en la carreira veintiocho, la línea más romántica del tranviario de Lisboa, es un juego. Un apasionante y arriesgado juego.
Cuando Joao da Silva los vea, les indicará con una ligera irritación, por los retrovisores, que se bajen. No le atenderán, por supuesto, y ello le enfadará un poco más, por lo que procurará dar algunas sacudidas al tranvía acelerando un poco en los cambios de agujas. Eso divertirá a los niños, que insistirán en el juego y harán burla a Joao, que irá progresivamente poniéndose más nervioso, poniéndose al nivel emocional de los muchachos, con lo que el juego se irá convirtiendo en una cuestión de honor entre algún muchacho, el más atrevido, y él. El tranvía irá acelerando, lanzado por Joao cada vez a mayor velocidad, mientras el muchacho arriesgará hasta la temeridad para burlarse de él, aguijoneándole hasta emborracharse él de velocidad y Joao de rabia. Y en algún momento, probablemente al pasar junto a la Traffic aparcada junto al semáforo, sucederá. Una sacudida especialmente fuerte, o el inevitable roce con la furgoneta, despedirá al niño del tranvía, estrellándole contra el vehículo, o contra una pared, o lanzándole bajo las ruedas del tranvía. Joao habrá matado a uno de los niños de Alfama. Despertará de su ceguera de furia y velocidad, pero será demásiado tarde. Se arrepentirá, pero no valdrá para nada. Llevará al niño al hospital, pero ingresará cadáver.
Y yo estaré en el tranvía, sentado en el tercer banco por la izquierda según se entra, con la ventanilla abierta. Y habré presenciado, viniendo desde Londres exclusivamente para ello en un viaje preparado singularmente para mi, un suceso casual, impredecible, cuyo resultado habrá sido la muerte de un niño. Como en Madagascar, como en Pakistán o en Nicaragua, como en Belfast. Como hacen cada año unos pocos de los selectos miembros del Club Neophron, algunos de los hombres más importantes de Inglaterra, en sus vacaciones sin la familia, organizadas por la agencia de viajes del Club. No tendré fotos que enseñar, ni organizaré reuniones en casa para contar las vacaciones, pero iré al Club y quizá John, o Jerry el diputado, me preguntarán ¿qué tal Lisboa? Y yo contestaré, según la tradición del Club, “todo en orden”, y después los de la agencia traerán las estadísticas y los análisis de los distintos viajes, el mío y el de Michael y el de Jerry, y nos maravillaremos ante la estructura que nosotros, el Club Neophron, habremos impuesto, subyacente bajo la apariencia de impredecibilidad de lo sucedido en Lisboa, en Praga, en Belfast.

Lisboa/Valladolid, enero de 1997