Jun Tz´i (6 de octubre de 1998)

Cuán bello estuvo el universo... y los primeros abuelos vieron la tentación de mal utilizarla... He allí la creación del perro como símbolo de desequilibrio si se desorienta la sabiduría. Ante este día se debe buscar buena protección con el Ajq´ij. Las ceremonias que se ofrecen ante este día son para que no triunfen las fuerzas negativas y para que la autoridad en su justicia que aplica tenga mística, visión, entendimiento, buena aplicación de la palabra.

Ayer, Felipe había terminado de sacarle la última tabla al pino que derribó diez días atrás; como las veintiséis tablas limpias que había obtenido estaban vendidas antes de terminarlas, no le queda otra que derribar otro pino y empezar de nuevo. No es el mejor día para hacerlo, pero descansar ese día supondría el riesgo de otro sin comer.

Camina pues, por la trocha conocida que lleva de la escuela (“Escuela Oficial Rural Mixta Xolnahuala”, dicen las letras que Felipe no aprendió bajo el tejado de lámina) hacia Piedro Coyote. La niebla chorrea, atrapada por las ramas de los pinos que la obligan a caer hasta el suelo, pero Felipe apenas lo nota.

Tras él, su cuñado, Juan, de apellido B´atz como él, carga la sierra mojarra que les da de comer a ambos. La sierra, como Juan, el cuñado de Felipe, es dentuda y oxidada, y ambos se curvan hacia la tierra al empezar a subir la pendiente, que poco más arriba se pierde entre las nubes confundidas con niebla que los tragan a los tres, Felipe, la sierra y Juan, el cuñado de Felipe. Al llegar a Piedro Coyote, todavía no han visto un pino como el que buscan, del que puedan sacarse al menos dos docenas de tablas limpias.

Piedro Coyote es uno de los mojones que limitan la tierra comunal de Xolnahualá. Más allá es Tzanixnam, pero no queda otra; dejan diez centavos en el hueco que tiene el piedro para ello, así al menos saben que no se los comerán los coyotes. Y cruzan el camino, entrando en tierra ajena.

Encuentran el pino que buscan al fondo de una barranca que se eleva sobre el camino, muy poco adentro de terrenos de Tzanixnam; eso es bueno, porque podrán trabajar la mayor parte del tiempo en Xolnahuala. Las últimas ramas del pino se pierden en la niebla, allá arriba, mientras Felipe y su cuñado, en silencio, preparan los primeros cortes.

El machete hace la primera herida en la corteza del pino, una marca de un palmo de largo hecha por la parte de abajo del tronco, la que mira hacia la caída; otra marca igual, hecha un par de palmos más arriba, señala el ancho del corte. Sin ceremonias, Felipe y Juan, su cuñado, engrasan la sierra y se aplican al primero de los cortes, el de abajo. La sierra apenas se escucha a diez pasos de distancia, la niebla se come el ruido y lo hace caer con ella al suelo. La madera de pino blanco, pa´chaj, chorrea líquidos claros al ser abierta por el metal oxidado. Lo mismo hace una ampolla en la mano izquierda de Felipe, reventada por una astilla del mango de madera de la sierra. Al corte horizontal llevado hasta la mitad del ancho del tronco le sigue el otro, que desciende hasta unirse al primero mientras el tronco va dejando oír sus primeros crujidos de agonía. Cuando el corte está terminado, un mordisco que ha hecho caer al suelo casi la mitad del ancho del tronco, sólo las ramas del pino que se enzarzan en la niebla, allá arriba, lo sostienen en pie. Falta poco por hacer, pero es lo peor; por el otro lado, el corte profundiza en horizontal, buscando segar el pino como el machete hace con la milpa y Felipe y Juan, su cuñado, trabajan más despacio, respirando fuerte mientras miran hacia arriba. Un minuto eterno pasa así, mientras los crujidos del tronco suenan cada vez con más fuerza, y Felipe se imagina esa astilla tan grande como él, tan afilada como el bisturí de un médico, que el tronco del pino suele disparar como venganza; si el árbol decidió que hoy es el día, uno se muere atravesado por esa lanza, muerto a manos de un pino que, con suerte, pertenece a la tierra de uno; así murió su hermano Víctor, que antes trabajaba con él, y así murió Vitalino Tzunun hace apenas tres semanas. Cuando el tronco lanza sus últimos estertores y empieza a inclinarse, cruje como disparos en el silencio del bosque, primero uno, que Felipe ve en el temblar de las ramas. Otro que sólo oye a sus espaldas, mientras corre alejándose del tronco. Sabe que Juan, su cuñado, está haciendo lo mismo hacia el otro lado. Tropieza. Cae. Rueda por la pendiente, mientras oye un crujido más y un silbido, y sabe que la astilla asesina está volando, y cierra los ojos y pide, no a mí, no a mi cuñado. Resbala unos pasos por la ladera, espera, escucha. Aunque la caída del árbol retumba como toda la destrucción del mundo, distingue a un lado la rotura de los matorrales a los que, esta vez, alcanzó la astilla, y en medio del atronar, disfruta de medio segundo de perfecta paz. Cuando el arrastrar del tronco ladera abajo cesa, todo ha terminado. Felipe se levanta, se sacude la tierra, sonríe a Juan, su cuñado, que se levanta despacio allá y busca con preocupación la sierra abandonada sobre el tocón. A veces el árbol la elige a ella para que le acompañe en su viaje, partiéndola en pedazos entre sus carnes heridas.

El cuerpo caído del pino resulta extraño en la ladera. Felipe siempre tiene esa sensación, una línea clara oblicua que no concuerda con el resto, verticales. Levantan al tiempo la sierra, que está entera, pero es Felipe quien carga con ella cuando bajan despacio por la ladera. No hay ruidos cerca, eso es bueno, y lo que ha caído el pino lo acerca más al otro lado del camino, el suyo, fuera de lo de Tzanixnam. Se acercan despacio, como con respeto, al tronco que ahora pueden mirar de cerca a todo lo largo. La corteza es clara, brillante por la humedad de la niebla atrapada, suave a las manos callosas. Las ramas son finas y escasas en todo el tronco, así que la sierra mojarra no hará falta ya.

Machete en mano, afirmando los pies con cuidado, Felipe recorre la longitud del tronco, más de cincuenta pasos, cortando con delicadeza las ramas. La última parte, la que era la más alta del tronco, ha caído sobre unas rocas que hacen más difícil trabajar; afirmando un pie en el tronco y el otro en el suelo de roca, Felipe intenta cortar el raberón, la parte fina del tronco que ya no permite obtener tabla. Golpea con prudencia, pero aun así, uno de los golpes lo desequilibra. El pie derecho, apoyado en el tronco resbala hacia el machete. Juan lo ve, pero no puede evitarlo. Empieza a caer sobre ese lado. En un instante de lucidez, lanza el machete lejos. Mientras cae, alcanza a oír el grito de Juan, y piensa que es de susto por él. Mira hacia su cuñado y ve el final de su movimiento esquivando el machete que vuela junto a él. Su espalda golpea el tronco con violencia. El movimiento lo arrastra hacia el suelo, donde su cara golpea la roca. Cae el resto de su cuerpo, primero el estómago, luego las piernas. Una de sus rodillas cruje extrañamente al golpear.

Desde el suelo, Felipe mira a su cuñado, que se acerca hacia él con la cara contraída en una mueca, mientras apoya las manos en el suelo. Prueba a incorporarse, y todo lo que necesita para ese movimiento funciona. Sonríe a Juan, su cuñado, que distiende la cara, y se palpa la rodilla dolorida; busca con la mirada el machete, que ha caído unos pasos más lejos, y con cuidado se acerca a buscarlo. También está entero, podría haberse roto contra una roca. Es su cuñado quien termina de desramar.

El siguiente trabajo consiste en dividir el tronco ya limpio en trozas, de nueve pies de largo, el que tendrán las tablas. Siguen trabajando en silencio, Felipe y su cuñado, con una cierta prisa que les hace sudar mientras sierran sentados, uno a cada lado del tronco. Tira de la sierra y de Juan, su cuñado, con un golpe de riñones, déjate arrastrar por la sierra y el golpe de riñones de Juan, tu cuñado, y siente la sierra mordiendo la madera. Separar la primera troza lleva más de veinte minutos, y al terminar la espalda arde; pero el esfuerzo no es nada comparado con el siguiente: hacer rodar la troza, ladera abajo, hasta que cruce el camino, y detenerla contra un árbol cincuenta pasos más allá. Con eso, Felipe sonríe a su cuñado, que le devuelve la sonrisa; los dos saben que hasta ahí, todo su trabajo no era nada. Ahora tienen algo, una primera troza, la más gruesa, que puede producir ella sola una docena de tablas, ciento ocho pies tablares.

Pero sacarle jugo al trabajo, y a la vida que han cortado, supone seguir esforzándose, supone volver a subir por la ladera y volver a sentarse a ambos lados del tronco y volver a serrar hasta conseguir otros nueve pies de tronco que volver a arrastrar ladera abajo, hasta topar con la troza anterior todavía apoyada contra el árbol. Y completar el trabajo supone hacer lo mismo cinco veces más, hasta juntar siete trozas apoyadas contra un pino en su lado del camino, y subir una vez más y recoger las ramas, por suerte no son muchas, y esparcir el serrín que ha mordido su sierra, y envejecer la escena con pinocha vieja. Felipe mira a cada rato hacia arriba de la ladera, hacia donde el camino se pierde en la niebla, hacia donde la otra punta hace lo mismo; saben que el sonido se mueve de forma extraña entre la niebla, y que igual que es tragado por ella puede montarla y recorrer así la distancia entre una y otra ladera del valle. Lo aprendieron en los años duros, pero saberlo les sirve ahora para cubrirse de la gente de Tzanixnam.

No cerrando todavía esa parte del trabajo, deben construir el que será su lugar de trabajo por los próximos días. Para ello, más abajo de donde han apilado sus trozas, buscan en la pendiente un lugar especialmente inclinado donde haya dos árboles separados entre sí unos seis o siete pies, paralelos entre sí respecto a la pendiente de la ladera. Cuando encuentra el lugar adecuado, Felipe debe ascender a uno de los árboles hasta unos quince pies de altura, y allí amarrar una de las ramas gruesas que trajeron; haciendo lo mismo en el otro árbol y situando las ramas hacia la parte alta de la ladera, se tiene una rampa por la que rodar las trozas y levantarlas del suelo, permitiendo el trabajo de la sierra mojarra para fabricar las tablas que les dan de comer. La frente de Felipe se arruga más al pensar en el trabajo allí, bajo la troza, tira y empuja de la sierra con la espalda doblada, el serrín cayéndote en la cara; y Juan, el cuñado de Felipe, está ya viejo y no puede trabajar abajo, así que a Felipe siempre le toca. Con Víctor, su hermano, que trabajaba con él hasta que lo atravesó una astilla, se turnaban para ir abajo. Cuando está terminando de sujetar la segunda rama, un silbido suave avisa que llega Francisco, su hijo.

Francisco, su hijo, siempre sabe dónde llevar el almuerzo para Felipe y Juan, su cuñado. Trae tortillas y atol, las tortillas envueltas en una tela multicolor y el atol en un termo rojo que es una de las posesiones más preciadas de Felipe. También, como siempre, lleva su radio en bandolera, apagada hasta que su padre le da permiso para encenderla con un movimiento de ojos. Bronco suena entre la niebla, y Felipe, por un rato, tumbado con la espalda apoyada en un pino que chorrea niebla mientras moja una tortilla doblada por la mitad en el atol caliente, se siente bien.

Felipe decide que después de comer bajarán; la milpa está inundada, necesita azadón, y el Ajq´ijab espera.